sábado, 11 de abril de 2015

Ciudad maldita



A diario, en los tediosos viajes que realizan todos los argentinos para ir a trabajar o a estudiar, nos fundimos con la multitud: la masa adocenada. El horror de Nietzsche, el orgulloso proletariado de Marx, la superpoblación temida por los demógrafos y los estadistas. La humanidad es un globo que se infla dentro de una jaula de cemento. Tarde o temprano, o los edificios se derrumban, o los hombres se corrompen. La modernidad es una lucha entre la ciudad y la sociedad. La vieja batalla entre lo rural y lo urbano es un daguerrotipo gastado. Una ecuación resuelta. El alma humana, en el campo abierto, se purifica; en la ciudad, en cambio, se intoxica de vértigo y de rabia. El desafío no es la oposición entre el exterior y el interior del espacio urbano. La zona de tensión ya no es la frontera, es la capital de la patria el verdadero corazón de las tinieblas. Mi alusión a Conrad es deliberada: Kurtz pierde la razón en los abismos de la selva africana. Conrad preconizó la bipolaridad entre civilización y barbarie, asimismo agotada por Sarmiento en sus gauchescas variaciones.

Hoy, la ciudad es la barbarie.

Nada nuevo hay debajo del sol. Fuera de las alteraciones de la forma, no es innovador este pensamiento: la opresión burocrática en las obras de Kafka lo prefiguran. El odio hacia lo que se autoproclama ‘civilización’ es tan antiguo que se remonta incluso a la primera parte del Martín Fierro: el gaucho encarcelado, el hombre de las llanuras que no acepta las órdenes del Estado, el fugitivo de la ley que abraza la libertad con los pueblos originarios. Hernández, en la segunda parte de esta clásica epopeya, se detracta. Los nativos son salvajes, la naturaleza hostil. Empero, las metáforas persisten en los elementos de un particular locus amoenus: el canto de los pájaros, la fuerza de las fieras. Me abstengo de transcribir fragmentos.

La literatura registra en sus diversos períodos, naciones y géneros diferentes representaciones del signo de la ciudad maldita. Los ojos de los pobres en Baudelaire, Los siete locos en Arlt, los relatos de Kafka, el verso de Hernández. El lector de este artículo puede pensar en mejores ejemplos.

La ciudad como manifestación geográfica de la barbarie no agota sus posibilidades en el terreno de lo meramente literario: pintura, fotografía, cine, incluso la historieta gráfica denuncian el carácter nefasto del espacio urbano como territorio del terror. Es Ciudad Gótica a Batman lo que Sodoma o Babel son a la Biblia. Sin City, de Frank Miller, contrasta la multiplicidad de personajes contra la oscura uniformidad de la urbe omnipresente.

La ciudad es un lugar terrible. La ciudad es asesina, tenebrosa y fatal. En la ciudad despertamos y dormimos. Caminamos por sus calles y compramos en sus tiendas. Nunca se sabe lo que puede pasar en las esquinas.

Cada uno de nosotros es una sombra en la inmensidad de la masa. Y a medida que corremos, la ciudad crece. A un ritmo imperceptible y sombrío. No queremos saberlo, no lo notamos. Queremos cerrar los ojos para dormir. Es inútil. La bestia está metida dentro de nosotros. La ciudad, una vez más, ha triunfado.

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