jueves, 23 de abril de 2015

El honor de mi apellido



Mis padres conocen la opresión en carne propia. Heridos por la envidia ajena, asfixiados por las sogas del odio. Sus ojos sangran penas que nadie puede leer; sus manos llenas de piadosos cortes; sus rodillas partidas por la libre oración.

Mi familia es una familia negra. Una familia cristiana, en morales, en filosofías y en penurias. Temo no poder exhibir en detalles el martirio de mis predecesores; conste que la Hipocresía, hija consagrada de los fariseos, es uno de los adversarios de nuestro linaje, o de los vástagos de la estirpe que sobreviven al hambre de esperanzas.

¿Palos en la rueda? A ellos, a mis padres, a mis hermanos, les arrancaron las ruedas de cuajo. Les desatornillaron los sueños y se los aplastaron contra un muro de egoísmos. Pero ellos, mis héroes de sangre, se han levantado para llenar sus pechos con plomo asesino.

Esta es una declaración de guerra contra ella, la dama pálida, la puta de ojos de vidrio, la Hipocresía omnipresente: que los risueños relojes abran sus agujas ante sus pegajosos pies de húmedo cristal. Que ella cale en mis huesos como los cuchillos de una lluvia ácida, que marchite mis alegrías hasta que las alas de la noche canten su vuelo insurgente. Yo recojo las miserias de mis padres y mis hermanos en la memoria, sí. Cada insulto cantado, cada gesto equívoco, cada latigazo de espíritu, lo fotografío con mi mente.

Cada palabra es un balazo de tinta contra la vida puerca. Yo, el primer poeta de mi linaje, aprieto el puñal de papel contra mi pecho, inseguro de mis batallas. Salgo a la calle, con la certeza de que tarde o temprano los hombres me señalarán y dirán: ‘Él es el hijo de Contreras, el escritor’.

Escribo a puño cerrado este episodio de bronca caliente para recordarme que soy humano. A mí la opinión pública me importa poco, mientras no me miren a los ojos. Me encojo de hombros. Restablecer el honor de mi apellido, llenarlo de poesía y de significado. ¡Cuán difícil es para un artista cortar las maldiciones heredadas y borrar el oprobio de sus predecesores! Escribiré sin seudónimos: que mi apellido, Contreras, que alguna vez quiso decir ‘encuentro’, se llene de gloria ante los hombres y los dioses.

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