viernes, 3 de abril de 2015

El nacimiento del escritor tenebroso



Si en mis últimas producciones textuales exhibo una prominente preocupación por asuntos tan abstractos como el espíritu humano o el lenguaje, es porque asimismo me resisto a hallar temas de conversación en las pequeñas acciones que constituyen la rutina de mis días. Persiste en esta última etapa de creación literaria una incurable necesidad de describir los abismos de mi interioridad, en tanto sacrifico las sencillas aventuras que acontecen en la línea de tiempo de mi vida cotidiana.

No afirmo que mi existencia no sea interesante. Hay una escisión entre el yo escritor y el sujeto empírico. Este territorio virtual ha gozado en períodos anteriores de ingenua creatividad una diarquía repartida entre los acontecimientos que configuraban la estructura de mis hábitos y la perspectiva artística con la cual determino la descripción de susodichos incidentes. En términos más técnicos y tediosos, una batalla interminable entre la forma y el contenido. La diarquía, atormentada por las misteriosas fuerzas de mis propios sentimientos humanos, se disolvió en una sospechosa guerra civil en la cual ha triunfado el acto mismo de la escritura sobre los temas cotidianos que habituaba relatar.

Dejé de escribir acerca de las costumbres de mi vida privada. Las palabras de este escritor se han entenebrecido lo suficiente como para renunciar a la crónica humorística, género visible en los primeros artículos de este tendero digital. Muy difícilmente podría referirme a los aspectos más agradables de mi existencia en las circunstancias en las que mi espíritu se encuentra.

Con esta anunciación siniestra se proclama el nacimiento del escritor tenebroso. Y la voz narradora establece, en este nuevo ciclo de crípticas reflexiones, el comienzo de una nueva etapa de introspecciones escalofriantes, metafísicas e intranquilizadoras.

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