miércoles, 15 de abril de 2015

Luna Roja, el origen de una amistad



Mi amistad con Luna Roja es una amistad comparable con la de Borges y Ocampo. Una relación fundada en los libros y que a la vez trasciende las barreras de la tinta. Una amistad ya visible en otras opiniones marginales (El Geógrafo, La Cara de la Luna Roja, Examen, Post-examen, El chico del saco, Robarle el tiempo a la vida). Un misterioso sentimiento de hermandad que no se explica sino por las invisibles intromisiones de fuerzas sobrenaturales. ¿Qué incognoscibles hados movieron sus cartas para que el naipe de mi vida apareciera junto al de ella?

Nadie sabe. Sólo sé que la conocí el año pasado. En la fotocopiadora de la Universidad. De un vistazo nos descubrimos. Compañeros de una misma materia y nada más. Rostros anónimos que se entreveran en las veredas. Líneas paralelas que no se habían entrecruzado hasta ese momento.

El tren sirvió de escenario para nuestro encuentro. El sendero donde alguna vez el ficticio Erdosain peregrinaba solo en búsqueda de una rosa de cobre que diera sentido a su vida es el mismo camino que vio el origen de una amistad. Coincidimos en un vagón abarrotado de cuerpos. Nos reconocimos, intercambiamos nuestros nombres y escrutamos nuestras caras. Ella descendió en Haedo, con la promesa de un reencuentro y una charla.

En Biografía de Tadeo Isidoro Cruz de Jorge Luis Borges, el protagonista del relato se ve a sí mismo en el fugitivo Martín Fierro. Comprendió que el otro era él. Un acontecimiento análogo explica mi relación con Luna Roja. Nos respetamos mutuamente y nos burlamos el uno al otro. Extraños bandoleros que apuntan sus pistolas hacia sus propias cabezas, volándonos los sesos imaginando mundos, posibilidades, historias. A veces le invento un esposo, varios hijos, una casa en Córdoba y algunas dedicatorias para las novelas que nunca escribí. Y ella, a su vez, me imagina en la cúspide de una fama imposible, en las contraportadas de antologías inexistentes, rodeado de hipotéticos descendientes, con una novia que escuche mis magnas poesías.

Luna Roja tiene sus amistades, yo tengo –o tuve– las mías. Mas cuando los entreveramos en los pasillos de la universidad, morimos por saber qué desventuras y qué desencantos sufrió el otro. Ella urde planes, laberintos, universos de acciones; yo le sigo la corriente, porque, en cierto modo, ella es la voz de todas las cosas que deseé hacer y nunca hice.

La amistad, según Borges, es una pasión argentina. En mi caso, esta pasión argentina está atravesada por la literatura. Las letras son, y siempre serán, nuestro punto de contacto. Cuando hablamos de arte, hablamos de la vida misma en sus diferentes aspectos. Del amor, de la soledad, de la religión, del trabajo, del dinero, del futuro, del tiempo.

Invoco una anécdota para cerrar mi humilde artículo.

El lunes, después de una larga clase de literatura argentina, Luna Roja y yo abordamos el tren nocturno que nos devolvería a Merlo. Por una distracción extraordinaria, descendimos una estación previa. Nos sorprendió la oscuridad de la noche y del andén sombrío. Un hombre desconocido se ocultaba tras unas escaleras, ocupado en la apertura de una enigmática puerta metálica cuyas bisagras chirriaban. Siluetas juveniles y peligrosas gruñían en un puente cercano. Un único gendarme vigilaba los turbios territorios. Mi amiga contemplaba alternativamente los extremos del andén: el peligro es un animal imprevisible. Me desgarré la garganta en alegres palabras, más para tranquilizarme a mí mismo que para conciliar los ánimos de Luna Roja. Una pequeña aventura de unos pocos minutos de duración: subimos al siguiente tren y reanudamos el regreso a casa.

Hay algo en ella que no deja de fascinarme y de aterrarme un poco: su impredecibilidad. La cualidad que le otorga al destino de tener que ser imprevisto. La insistencia a tomar decisiones rápidas o situaciones nuevas que rompan los huesos de la rutina. Tiene una pizca de Cortázar en este sentido. Tiene ganas de tomar al toro por los cuernos y electrocutarlo con un cable de alta tensión.

Un gag recurrente de nuestra amistad es que ella afirma querer empujarme por las escaleras. Yo me asusto, ella ríe. Todos ríen, y yo río. Este chascarrillo me recuerda que soy inmortal, que Luna Roja no podría matarme. La casita imaginaria de Córdoba que en alguno de los otros mundos posibles es real se desintegraría en un santiamén.

Una amistad que se alimenta de la fantasía, de la ficción, de la honestidad, de la confianza inagotable, de cierto aire de familiaridad, de la sana estupidez de confiar en el otro aún cuando ya conocemos sus imperfecciones de antemano, como tratar de cortar un pan recién horneado con un cuchillo sin filo. La amistad es un puñal, la unión del mango y del filo en el calor de las batallas; metal forjado de tiempo, de azares y abnegaciones.

Una cita final, también, de Borges. Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es. Yo sé quién soy. A veces, lo olvido. Para esto están los amigos. Para recordarnos quiénes somos. Porque en ellos, en sus sueños y en sus rostros, nos reencontramos con nosotros mismos.

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