lunes, 6 de abril de 2015

El otro inescrutable



No hay una sola razón para explicar mi naturaleza introspectiva. El carácter reflexivo de mi personalidad es consecuencia de una serie condiciones que otorgaron a mis procesos mentales determinadas tendencias a perseguir elementos prefijados. Hoy me atrevo a exponer solamente una de las principales motivaciones de mi íntimo egocentrismo –entiéndase egocentrismo en tanto facultad de dirigir la conciencia hacia el interior del yo.

John Donne escribió que ningún hombre es una isla entera en sí mismo. Mas su célebre verso, aunque noble, es imperfecto. El hombre moderno puede vivir aislado de su prójimo. Hay hombres alineados y apiñados en el interior de los trenes, y es posible afirmar con pleno conocimiento de causa que cada uno de los pasajeros es una ínsula en sí misma. Aislamiento absoluto del espíritu humano. Delimitamos nuestro espacio personal llevándonos los auriculares a la cabeza o sumergiéndonos en un periódico.

Asimismo, se puede abordar el tema del aislamiento desde diferentes perspectivas. Y, aunque muy probablemente los lectores preconicen una orientación negativa hacia la separación del otro, el fenómeno del aislamiento es la principal causa de mis introspecciones.

En otras palabras, hablo de mí mismo para no hablar del otro. No conozco al otro; hablar del otro sería mentir o emitir falsos juicios. No refiero aquí a las opiniones marginales esbozadas en base a otros personajes cotidianos fuera de mi singularidad –por otra parte, artificios ensamblados en base al imperio crítico de la observación y el embalsamamiento de palabras mediante la fuerte imposición de una estética literaria propia–, sino a los integrantes de los círculos sociales del sujeto empírico que complementa la identidad del ‘yo’ escritor.

En mis artículos hay observación, pero no hay murmuración.

Las comunidades evangélicas contemporáneas, sociedades religiosas a las que de alguna manera estoy vinculado por el ejercicio de la fe protestante, condenan irremisiblemente lo que denominan ‘chusmerío’. Un pecado hecho de palabras, un pecado colectivo en tanto se reproduce de boca en boca y es una forma multiforme y masiva de la traición. Quienes ignoren los mecanismos que rigen las cristianas vidas de los miembros de un gran templo se asombrarán al comprobar que los pecados más peligrosos tienen su origen en el lenguaje y no en las acciones de los hombres. Aquí no elaboro una teología propia; proporciono un dato interesante acerca del inconsciente colectivo de una de las ramas no católicas del cristianismo. El vanidoso exagera sus virtudes, pero la murmuración dilata los defectos de los otros.

Mi familia abomina o ignora las murmuraciones. De ellos heredo la actitud humilde de obviar las noticias nocivas y persistir en la rutina. No quiero ver la vida de los otros; mi conciencia se vuelve hacia sí misma. Me juzgo, me sentencio, me elogio. A veces, desproporcionadamente, en exceso. La escritura es una acción solitaria. Una soledad que sólo puede ser habitada por el yo. En el proceso literario no interviene el otro –el crítico literario o el lector pueden evaluar la obra, pero sólo después de la escritura.

En muchísimas instancias de mi vida personal me he contemplado a mí mismo anhelado tomar las riendas del escritor y denunciar a ciertos imprecisos villanos por sus crímenes alevosos contra el buen nombre de mis seres queridos. Pero el Escritor Tenebroso se mantuvo siempre al margen de la violencia de mis emociones: en mis episodios de cólera, él deshacía el discurso original y lo despedazaba hasta transformarlo en una pieza artística que se alejaba de mi vida privada para extenderse hacia un grado de generalidad que mis lectores podían compartir; en las eras de tristeza, modificó las sentencias para enredarse no sólo en los malestares particulares, sino también en los males universales.

Mi obra no habla de mí. Mi obra habla de sí misma. Mi obra no refiere sólo a un escritor. Está dirigida a todos los hombres.

Pero para aspirar a tal grado de universalidad necesito aislarme. Ignorar al otro para alcanzarlo. Para llegar a la realidad recurro a la fantasía. Persigo el camino inverso, rodeo la casa de las ideas y entro por la ventana. Ver mi propia vida antes que la vida del otro. Ser observador, no murmurador.

Yo soy un cristal oscuro y miro a través de mí mismo para ver el mundo desde mi propia perspectiva. Porque para mí, el otro siempre será inescrutable.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario