miércoles, 1 de abril de 2015

El regreso del Fénix



Mi escritura es una flor que se marchita o un fénix que muere. Dificultosa es la empresa de esgrimir trémula prosa tras indecibles tardes de ausencia. El orgullo literario que alguna vez brotó de mi propia mano ha desaparecido. Mis palabras están llenas de oscuridad. Escribo para justificar mi existencia, para denunciar mi inútil habilidad en el vasto campo de las letras. Como todos los poetas secretos, soñé la fama. El mero ejercicio de la imaginación no basta; el éxito siempre florece al final de un arco iris de lágrimas. ¿Qué sacrificios estoy dispuesto a hacer para defender el arte que amo?

En el amor he arriesgado poco y nada. He justificado mi cobardía tras un manto de prudencia. Mi padre, en un contexto completamente diferente, me ha brindado un grácil proverbio: ‘No sigas el protocolo todo el tiempo’. Cuando nuestros códigos morales se transforman en una serie de acciones mecánicas, nuestros valores se corrompen más con el exceso de virtud que por la intrusión del vicio. No arriesgamos: un halo de falsa decencia nos impide actuar sobre nuestra realidad. Nada impidió a Jesús, en el templo Jerusalén, arremeter contra las mesas de los cambistas y liberar a los animales de sus corrales. La infinita paciencia del Cordero había hallado su límite.

¿Cómo mis ‘códigos’, más síntomas hipócritas de una timidez incorregible que una línea de conducta intachable, ejercieron en mi propio estilo un carácter censor y servil? No escribo lo que quiero. No escribo lo que siento o lo que pienso. Cierro los ojos e imito el comportamiento de quienes aborrezco. Esquivo el bulto y evito los problemas del mundo. Mi escritura no es un acto de rebelión; es un intento permanente de encubrimiento, un método sutil de ocultar –más bien, de sofocar– mis deseos.

No es el goce estético el motor de mi literatura, sino la impertérrita y continua convicción de persistir en la expresión artística en estos violentos tiempos, tiempos en los cuales la sociedad concede el don de la palabra a los individuos más pusilánimes de la cultura moderna. La ignorancia es el común denominador de los presentadores de este gran teatro del absurdo; el mal gusto canoniza espantapájaros exquisitos como auténticas obras de arte y se distorsiona la más alta concepción de belleza hasta rebajarla a la manifestación más mediocre de la idiosincrasia humana. Se materializan en carne viva las profecías de Bradbury: ya no es necesario quemar libros para destruirlos; el analfabetismo, el desinterés y el vértigo de las modas digitales desintegran los cerebros de la Tierra a escala continental.

Me desilusiona profundamente que nadie haya leído ‘El Principito’ a mi alrededor. Incluso los cristianos se niegan a leer la Biblia. ¿Qué misterioso puñal urdió en la piel las sangrantes heridas de mi cólera?

¿Por qué me afectan los eventos más pequeños y sencillos? Precisamente son los minúsculos detalles de la vida, las mínimas libertades indispensables, las que me importan. Libertades que quiero defender a través del acto más –para algunos, no sé si la mayoría– insignificante e intrascendental de la vida cotidiana: escribir.

‘No sigas el protocolo todo el tiempo’. Una conducta perfecta no significa nada si no realizamos las acciones correctas en los tiempos de crisis. Si no nos rebelamos contra nosotros mismos, si actuamos como pequeños caballeritos coloniales en plenas épocas de destrucción, el peso de la modernidad caerá sobre nuestros hombros y nos fracturará la columna. Nadie puede ser educado cuando le apuntan como un arma. La educación no es disciplina, es conocimiento; que el ser humano actúe en consecuencia de sus conocimientos y convicciones, y no de la disciplina que las instituciones imponen.

Escribo porque escribir es mi único y último acto de rebelión. Es el lenguaje del espíritu que quiere romper el protocolo. En mi país de letras nadie puede dominarme. El escritor es inconquistable. Si me recuerdo a mí mismo todo lo que esta acción significa para mí y para mis lectores, entonces, mi tinta resurgirá inflamable desde todos los rincones de mi alma para encender los ojos de los que esto leen con nuevas esperanzas.

Poco a poco, la flor recupera sus colores; poco a poco, el fénix emerge de sus cenizas. Y mi corazón retorna a la tinta… palabra por palabra.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario