domingo, 26 de abril de 2015

Entre el escritorio y la rutina



A veces pienso que mi literatura –si es que acaso mi producción textual merece tan honrosa categoría– sólo sirve para dilatar el tiempo entre el escritorio y la rutina. Inspecciono los bolsillos del corazón para buscar historias que no he vivido, y en muchas ocasiones me veo en la dificultad de afrontar el problema de que no he vivido… o no he vivido de la misma manera en la que otros mortales han vivido. Mis horas exprimo en la relojería de mis párrafos, en sus imbricados y gramáticos mecanismos, y el plumaje de la juventud se oxida como la carne de las manzanas cortadas al sol.

A falta de experiencias, escribo pensamientos. Porque las experiencias son hechos inenarrables del espíritu aventurero que no se pueden reducir a palabras. Sólo ocurren en el tiempo presente, y se leen con el lenguaje de los cinco sentidos, con la piel desnuda de la vida misma. Las aventuras no se escriben, se viven. Lo que se relata después, residuos del tiempo perdido organizados en oraciones, recibe el nombre de anécdota.

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