jueves, 9 de abril de 2015

Entre kantianos y platónicos



Persiste en mi visión personal sobre la literatura cierto ideal kantiano: la realidad –o la obra de arte– como resultado de la interpretación del sujeto. Una teoría que ya he expuesto en pretéritos artículos –La revolución del artista–. Otros, en cambio, contemplan el arte desde una perspectiva más platónica: el poeta estancado en el mundo real, la poesía existente a priori en el mundo de las Ideas, la escritura que forma un puente entre ambas esferas.

Yo soy antiplatónico. No descreo enteramente de las musas o demiurgos misteriosos que inspiran a los románticos al verso libre. Existen estímulos exteriores al escritor que lo mueven al escritorio. Mas el resto del trabajo es realizado por manos mortales. Lo ha dicho Hemingway ya: ‘La literatura es un 10% de inspiración y un 90% de transpiración’.

El que quiere ser escritor, no puede esperar a que la Inspiración con mayúsculas descienda a él. Tiene que escribir. Con o sin inspiración. Aunque el mismísimo Dios invoque al escriba más noble para consumar la epopeya del siglo, la última palabra pertenece al escritor. Retorno inmediatamente a la filosofía de Kant: la importancia del sujeto dentro de su sistema filosófico.

El sujeto, en Kant, es el que organiza el conocimiento. Es la conciencia del hombre la que ordena una larga secuencia de percepciones para constituir lo que él considera la realidad. Elucubro en pocas palabras el discurso filosófico, a riesgo de sacrificar el pensamiento original de este personaje histórico. Exhorto a los lectores a la diligente investigación y a la severa crítica, a no aceptar sin restricciones mis enunciados, a validar el derecho de refutarme y corregirme.

No soy erudito en dialécticas y ontologías; mi ignorancia en estos campos establece los límites filosóficos de mi escritura.

Mis escasas lecturas se decantan por Immanuel Kant: la estructura mecánica de la moralidad, la preeminencia de la razón, el protagonismo del sujeto…

Pero, sin importar cuánta filosofía haya en nuestras mentes, si no hay corazón en las palabras, la obra literaria por sí misma, como ejercicio intelectual, es una obra muerta.

Y es en este punto donde me vuelvo un poquito platónico: creyendo que hay una magia secreta, magia de otro mundo, en el interior de los libros.

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