lunes, 20 de abril de 2015

La infamia y sus demonios



Un poco decepcionado de mi imposibilidad para escribir novelas, revelo aquí mis numerosos intentos de salir de los límites del cuento corto. Mi ambición no es diferente a la ambición de la juventud literaria de mi patria: construir una historia revolucionaria con la misteriosa materia de las palabras. La lengua, no obstante, no se deja golpear por azarosas manos inhábiles.

Me abstengo de citar infinitos casos de célebres escritores a los que les costó el alma terminar, y aún más publicar, su primera novela. Todos los ejemplos posibles se reducen a uno, tal vez mi favorito: Carrie, de Stephen King. Un manuscrito que, a las tres páginas escritas, fue desechado y recuperado por su cónyuge. El estilo irregular y sencillo pero mesurado del libro –que alterna narraciones en tercera persona con otros géneros tales como documentos policiales, artículos periodísticos, ensayos académicos y testimonios del caso– le valió un éxito sin precedentes que lo catapultó a la fama editorial. Stephen King continúa escribiendo, por supuesto.

No soy ingenuo al decir que todo escritor sueña con una Carrie que lo arroje al estrellato editorial. Esto no necesariamente es malo. Se tiene que ser un poquito pretencioso, un poquito orgulloso, para trepar los muros de los callejones sin salida de la literatura. Para el novelista –cuyas aspiraciones no siempre coinciden con las convicciones estéticas del poeta– todos los caminos conducen a Roma: cuando uno llega a ese punto donde se puede dudar del talento propio, o se puede firmar la carta de renuncia o se puede morir escalando la escalera de Jacob.

Y yo les digo que es mejor morir intentándolo. En la infamia, en el anonimato, en la fama o en la zona gris de los buenos escritores derrotados por los best-sellers de países extranjeros. El que escribe buscando la fama, bien puede dejar de escribir. Dedicarse a otra cosa. Yo escribo porque simplemente no puedo detenerme. Por más que no tenga una sola novela terminada. La infamia y sus demonios no me importan. Mi corazón ensangrentado asciende y desciende, más de una vez al día, por la escalera de tinta que en el decurso de las líricas noches inunda mi espíritu de poéticos placeres.

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