jueves, 2 de abril de 2015

La revolución del artista



He afirmado anteriormente que la escritura es un acto de rebelión. Pero, ¿contra qué me rebelo? ¿Contra qué autoridad se rebela un escritor? Evidentemente, contra una fuerza más grande que él mismo. Cuando el hombre lucha contra el rey, es rebelión; cuando lucha contra su prójimo, es opresión. De rebeliones y opresiones está hecha la historia de este mundo. No es necesario ser filósofo para entenderlo.

La literatura es violencia. Escribir es un acto revolucionario; toda revolución implica necesariamente violencia. Pero, ¿violencia contra qué?

El prólogo de Historia de cronopios y de famas de Cortázar es muy revelador: Rómpele la cabeza a ese mono, corre desde el centro de la pared y ábrete paso”. Un llamado a la insurrección desde todos los ángulos. Un atentado contra las pesadumbres de la rutina y los tedios de la realidad carente de lirismos y metáforas.

Cuando leemos ‘literatura’ y ‘revolución’ en la misma frase, ¿en qué pensamos? Se piensa, por ejemplo, en un escritor anarquista o comunista que consagra su obra al servicio de una causa enteramente política. No se nos ocurre pensar que los cuentos infantiles son revolucionarios: El Principito –insisto tercamente en esta joya de tinta que nadie parece querer leer– es una bofetada a la cara de los adultos. La historia interminable también es radical en éste sentido: no un escape de la realidad, sino una transformación de la realidad a través de la fantasía.

Acá me quiero detener. ¿A qué llamamos realidad? O, más bien, ¿qué es la realidad para el escritor?

La realidad es el enemigo del artista. Un gran adversario. El escritor no puede destruirla. Él vive en ella. El artista retiene la realidad –o parte de ella– dentro de su cabeza, la destruye con su mente y la reconstruye. La reconstrucción o deconstrucción de su realidad aparece en la obra literaria.

Cito, asimismo, las palabras de Vargas Llosa en su libro García Márquez: historia de un deicidio: “Escribir novelas es un acto de rebelión contra la realidad, contra Dios, contra la creación de Dios que es la realidad. Es una tentativa de corrección, cambio o abolición de la realidad real, de su sustitución por la realidad ficticia que el novelista crea.”

Hay escritores que sólo pueden ver una realidad política o una realidad social, y escriben políticamente. No digo que la pobreza no exista, pero la realidad ‘real’ no es sólo lucha de clases o una desigual distribución de bienes materiales en este sistema de producción y explotación capitalista. Muy raras veces el artista puede conjugar lo social y lo artístico en un equilibrio imposible: lo suficiente como para no convertirse en un discurso político, lo suficiente como para no degenerar en un relato frígido y simplista. Es así como Rebelión en la granja es el símbolo de una dictadura y de todas las dictaduras mundiales. Es la manifestación de una voz individual y a la vez una pieza de la literatura universal. El Principito y La historia interminable representan, en algún punto, a todos los niños del mundo, en especial a los niños interiores que viven dentro de nosotros.

La realidad, el enemigo del escritor, ¿es una realidad particular o universal? ¿Aborda los grandes temas de la vida o inspecciona los males individuales? Las fábulas y los mitos contienen los primeros; otros géneros discursivos tales como artículos periodísticos, libros académicos o textos informativos/explicativos, incurren en el conocimiento de los segundos. La literatura es la suma abstracta y sorprendente de ambos ríos: la explicación de los tormentos del género humano en una situación particular.

Historia de cronopios y de famas, El Principito, La historia interminable, Rebelión en la granja… Cada historia es una puerta a un punto de vista, una interpretación del sufrimiento humano, un pedacito de verdad artificial. Un truco de magia que no es real pero que necesita de una base material para ser realizado. El mago, para sacar un conejo de la galera, tiene que existir en un mundo donde el espectador acceda a ser engañado, donde haya una raza de conejos de carne y hueso, donde haya una fábrica de sombreros que garantice la presencia de la galera en el escenario. Esta imagen parece una exageración, pero todo oficio humano requiere de la utilización de instrumentos, y dichos instrumentos no salen de la nada. La literatura no es inspiración divina –o, para los que creen en ella, no es canción de musa solamente–; es voluntad, es arduo trabajo, es impasibilidad de espíritu. El escritor no sólo debe disponer de un lenguaje, de un idioma, de una patria, de una historia: debe tener una capacidad de observación y selección extremadamente precisa para elegir el material, las herramientas, las palabras, los títulos, la forma de su obra…

A esto llamamos ‘estilo’: al resultado de nuestras elecciones previas. Lo que escribimos es la consecuencia de lo que leímos, experimentamos y decidimos recordar.

Pero con el estilo no basta para construirse como artista. La originalidad es condición necesaria, mas no suficiente, para el escritor. Tiene que haber una fuerza interna e inexplicable que transforme un puñado de letras en un cuchillo del alma.

¿Qué nombre recibe esta fuerza anónima que hace de un papel lleno de letras un manantial de belleza, lirismo y sensibilidad? ¿Qué es esta fuerza que permite que unas cuántas palabras alteren nuestro corazón? ¿Será ésta la literaturnost de la que hablaban los lingüistas rusos de principios de siglo XX? ¿La literariedad, la sustancia de las bellas artes, las partículas elementales de las grandes narraciones?

No puedo saberlo. Pero puedo sentirlo. El calor de una revolución en un relato. Una revolución que atenta no las realidades políticas o sociales; la literatura es una fiera que no se conforma con escapar a la clasificación de los académicos y los politólogos. Es una quimera mágica que invade nuestros espíritus y los llena de sentimientos encontrados: ternura, terror, inquietud, fervor, indignación, satisfacción...

Los libros son puertas de papel al corazón de la humanidad. Éste es el acto revolucionario. Establecer un contacto con una forma de vida invisible a kilómetros de distancia, más allá de los siglos pisados, a través de mundos impensados. La literatura y la astronomía, a pesar de sus colosales divergencias, comparten una característica en común: las ansias de viajar hasta las estrellas y hallar vida en dimensiones desconocidas e inexploradas, para poder describirlas y entenderlas. Aunque lo único que puede hacer el escritor es ‘tratar’ de mostrar la realidad o un aspecto de ella. Sin importar cuánta ciencia haya en nuestros ojos, a veces sólo disponemos de puntos de vista para entendernos a nosotros mismos. Objetivo que nunca logramos del todo.

Es aquí donde el acto de escribir se retorna rebelión. No nos conformamos ante la imposibilidad de conocer todo. Pero, lo que tenemos, lo poco que conocemos y experimentamos, lo vertimos en el lenguaje. Y luchamos. Los escritores no se conforman con los totalitarismos, con la mediocridad del hombre, con la falta de placer en sus rutinas, con la ausencia de poesía en las masas urbanas, con el silencio que se prolonga entre las almas… Ellos se apoderan de la realidad con sus ojos, la desarman dentro de la jaula de la imaginación y la vuelven a armar. Si su nueva realidad es o no diferente a la anterior, si su obra pretende cambiar, criticar o elogiar ciertos aspectos de ella, es un acontecimiento independiente del proceso de creación.

Por último, quiero describir la tensa relación entre artista y realidad. A través de una obra literaria: ‘El juego de Ender’, de Orson Scott Card. Aquí transcribo la cita trascendental: “…en el momento en que entiendo verdaderamente a mi enemigo, en el momento en que le entiendo lo suficientemente bien como para derrotarle, entonces, en ese preciso instante, también le quiero.”

Estas palabras no explican totalmente mi perspectiva, pero sí la perspectiva de Ender. De qué manera funciona su mente durante una batalla. Interpretar la naturaleza del adversario, entender la profundidad del enemigo. Entenderlo… y amarlo. Asimilarlo dentro de sí mismo y, una vez consumado el acto estratégico, destruirlo.

La operación del artista no es exactamente idéntica. El artista observa la realidad en la que habita –leyendo libros, informándose de los grandes acontecimientos, experimentando en carne propia regocijos y sufrimientos, aprehendiendo y fabricando conocimientos–, la asimila dentro de su ser y la destruye.

La destrucción no es total: las cenizas engendran al fénix, las ruinas devienen en preciosos paisajes, de los huesos del hombre muerto se produce una resurrección.

La realidad ha sido destruida: nace la ficción.

El artista se rebela contra la realidad en la que se encuentra. No acepta los nombres de las cosas que constituyen su entorno. No admite los acontecimientos que transcurren a su alrededor tal cual son. Percibe tantos estímulos oriundos de tantas fuentes de información que no tiene otra manera de digerirla sino destrozándola a fuerza de dentelladas mentales, desmenuzándola y componer con los residuos un bricolaje ejemplar. La realidad es tan grande que la corta en pedazos y forja un rompecabezas propio.

La ficción nunca será exactamente igual a la realidad. Que el mago saque el conejo de la galera no significa que el sombrero sea un portal hacia una madriguera. Nos brinda la ilusión de una posibilidad imposible. ¿Qué sucedería si, efectivamente, existiera un gorro de cuyo interior se pudieran extraer criaturas vivas? ¿Cuál sería nuestra reacción ante tal fenómeno sobrenatural? Nadie ha concebido, en la teoría o en la práctica, semejante invento. Pero existen los magos, esos simuladores de milagros que producen mediante sus artimañas el efecto de la estupefacción.

Los escritores son magos de tinta. ¿Qué pasaría si la Tierra es invadida por una potencia intergaláctica? ¿Qué pasaría si un grupo de animales toma control de una granja de Inglaterra? ¿Qué pasaría si un aviador cae en el desierto y se encuentra con un niño que le pide un cordero? Muy difícilmente estas situaciones hipotéticas hallen cabida en la realidad. Los narradores despliegan sus habilidades y ejecutan una simulación en donde estas imposibilidades son posibles.

Incluso la literatura realista se aferra a las imposibilidades. Pretendiendo ser respetuosa de los hechos verídicos y los contextos históricos, cae en el juego de concretar imposibilidades. Sus aspiraciones son psicológicas o metafísicas: ¿cuáles son las motivaciones de determinados personajes? ¿Qué sucedería si comprendiéramos realmente los pensamientos de un veterano de guerra, un pueblo oprimido por el hambre o una niña minusválida? En la vida real, uno jamás podrá comprender del todo el sufrimiento del otro. La literatura se rebela contra estas limitaciones del lenguaje y nos introduce en el cráneo de los seres atormentados.

Esto es la revolución. No es una revolución política, económica, social o cultural. En el mundo material todo está sujeto al cambio. Es la revolución del espíritu humano que trasciende más allá de lo que llamamos ‘realidad’ a través de las palabras. Es un viaje más allá de este mundo hacia otro. Y para llegar a este cielo, las águilas deben agitar sus alas con violencia, degollando el aire hasta la estratósfera…

No quiero ser esotérico. Para mí, escribir es mi revolución. Es el fuego que debo alimentar continuamente con mis acciones, mis pensamientos, mis sentimientos y creencias. Mi ser entero es fuego azul. Y mis artificios literarios son las chispas que saltan de la hoguera y ascienden al diáfano infinito.

Esta es la revolución del artista: aceptar y negar simultáneamente la realidad para trascender más allá de ella.

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