sábado, 25 de abril de 2015

Laureles de cobre



¿Qué otras cosas pueden infundirme los versos de amor sino un desasosiego terrible? La canción desesperada esquivo, de los cristales de las églogas huyo; lejos de ser bálsamo de Galaad que compense la ausencia de mi Leonora jamás amada, la poesía, espejo de tinta orquestado en secos ritmos, devuelve el reflejo de mi soledad. Una soledad que el rigor de los cristianismos premia equívocamente con laureles de cobre bajo la excusa de contemplar en mí un signo de consagración. ¡Si en verdad Dios estimara la castidad, mejor hubiera sido borrar a la mujer del Paraíso primitivo! Mas los caprichos del Señor son misteriosos…

Confieso el pecado de haber perseguido rayos de vanas lunas, de haberme enamorado y desencantado sin conocer el amor. No soy alquimista para disertar acerca de la naturaleza de este oro del espíritu, del valor sobrenatural del magno sentimiento que sobrepasa todo entendimiento humano. Vedado de los placeres románticos, absorto en mis oblicuas cavilaciones, me entrego a la libre contemplación de escenas alevosamente pasionales.

¡De qué podría estar hecho este mundo sino de amor! En los abismos de un colectivo observo, con escandaloso detenimiento, a los adolescentes que se enfrascan en un bochornoso abrazo, apuñalando el cuero de los asientos con sus espaldas erizadas, ejecutando una prodigiosa cacofonía de besos ruidosos.

¡Oh, la humanidad! La aterradora aleación de los fundidos cuerpos en su molde de caricias, los fúnebres himnos de sus ósculos profanos en el aire abierto, las campanadas de sangre que reverberan en los corazones de hierro. ¡Oh, Amor! Como Hefesto trabajas el metal de las almas, inauguras el filo de las armas de Afrodita, ejerces diligentemente tu influencia en las mentes blandas de cándidas emociones.

¡Oh, argentino y apocado peregrino! A nos, los solitarios, nos corresponde la plata y la escoria. Sólo los enamorados arrastran el tesoro de los cuarenta ladrones en los bolsillos de sus dientes. Mas yo, orgulloso, cargo en mi cuello con mi corona de laureles de cobre.

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