martes, 14 de abril de 2015

Meyer: Parodia, retorno y eternidad en Crepúsculo



En el artículo anterior he utilizado una serie de categorías para describir las contradicciones presentes dentro de Crepúsculo; una de las categorías más interesantes es la de parodia. Crepúsculo como parodia del género romántico. La acusación es severa o debería serlo: la novela no es una historia de amor por sí misma, se construye como tal imitando a otras. Es insólito. Es como decir que Don Quijote es una novela caballeresca porque emula a un sinnúmero de obras del género caballeresco. Hallo en Meyer un hecho notable. Su libro es los libros que imita. La imitación se convierte en originalidad. ¿Cómo se produce semejante operación discursiva?

El tono humorístico de la novela nos impide olvidar que la historia de Bella es una parodia. El ingrediente cómico es el límite necesario que separa esta historia del resto de las historias románticas. Meyer lee, por ejemplo, a Austen, pero no quiere escribir como ella. No quiere escribir la clásica historia de amor imposible en el seno de una sociedad históricamente conservadora. Meyer, para contar su relato, no quiere viajar a través del tiempo, cosa que sí hace Bonelli con Indias Blancas. Invocar Orgullo y prejuicio en la contemporaneidad de un país como Estados Unidos también es inútil. La Regencia o la Época Victoriana, con todas sus implicancias sociales y morales, no están vigentes en la edad de las libertades individuales. El matrimonio, el noviazgo, las relaciones interpersonales, la preeminencia de las pasiones más allá de los rigores de la razón, presentan en la actualidad otras connotaciones. La madre de Bella es un efectivo procedimiento recordatorio que nos obliga a ver que la mentira del amor eterno  –tal como la llama Arlt– es tan obsoleta que incluso llama la atención del sujeto moderno.

En una de las escenas iniciales de Eclipse tiene lugar el siguiente diálogo:


—Hay algo... extraño en cómo estáis juntos —murmuró ella, con la frente fruncida sobre sus ojos preocupados—. Te mira de una manera... tan... protectora. Es como si estuviera dispuesto a interponerse delante de una bala para salvarte o algo parecido.

Me reí, aunque aún no me sentía capaz de enfrentarme a su mirada.

—¿Y eso es algo malo?


Una clara oposición entre lo moderno y lo antiguo: la madre –divorciada de Charlie, con una nueva pareja, escándalo inconcebible para los anglicanos del siglo pasado–, y la hija –quien vive en carne propia las vicisitudes de un cuento de hadas con su amado. Dos formas de pensamiento diferente. Dos mujeres totalmente opuestas, al menos desde la perspectiva de Bella. Es ella quien propugna un retorno hacia los valores tradicionales relacionados con aquel mundo donde el amor eterno es una verdad. Ella ama a Edward. Es una verdad simple e inmutable. Dicho sea de paso, la imprimación es otra de las invenciones de Meyer que fortalecen esta teoría: un amor que trasciende las barreras del tiempo e incluso de las razas.

Otro factor más discreto determinó la estructura de Crepúsculo: la religión. ¿En qué medida puede influir sobre la obra el mormonismo de Meyer? No hay teologías exhaustivas en sus historias, lo que no impide que el cristianismo entre por la ventana. El problema de la obra literaria y la religión del autor no es una controversia menor: la discusión entre Lewis y Tolkien acerca de la representación de la iconografía cristiana en la literatura fantástica no ha pasado desapercibida a los ojos de la Historia.

La cruz en la residencia Cullen, la consolidación de una unidad familiar bajo la figura patriarcal de Carlisle, el empecinamiento de Edward por mantener la virginidad de Bella. Signos que denuncian una regresión hacia los valores cristianos occidentales. Y, por ende, un retorno a los modos de escritura y representación literaria concebidos en contextos históricos relativamente conservadores. (Conservadores si los comparamos con el mundo globalizado, digital y contemporáneo, donde la preeminencia de las libertades individuales ha dado paso a acontecimientos tales como la legalización del divorcio.)

Bella Swan no puede imaginar un futuro sin Edward. No hay futuro para ella en la modernidad. Elige la transformación. Una transformación que es en realidad una regresión. Un salto hacia atrás en la historia de la evolución humana. Es un monstruo. Una chupasangre. Tanto Bella como Edward y la familia Cullen son animales. ¿En qué sentido? En el sentido en el que lo pronuncia Borges en El inmortal: “Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal”. Cito, asimismo, un fragmento de El Sur: “…porque el hombre vive en el tiempo, en la sucesión, y el mágico animal, en la actualidad, en la eternidad del instante.”

El vampiro, a semejanza de los dragones y de los licántropos, es un mágico animal. Pero no vive en la eternidad del instante. Cronológicamente, está congelado en el pasado, en el momento de la muerte. Edward ha muerto a principios de siglo XX; su juventud es eterna. No sólo es un monstruo, es la representación de la idea de que los clásicos no han perdido vigencia en los tiempos modernos de Bella Swan: de ahí las lecturas de Shakespeare y de Austen; de ahí que Meyer haya decidido parodiar a Drácula; de ahí que Reneé, alarmada, articule sus correspondientes preocupaciones a la hija.

Mis interpretaciones pueden presentarse tan subjetivas como forzadas. Leo en Meyer el retorno hacia las historias donde el Príncipe Azul se enamora de la desafortunada jovencita y viven felices para siempre. Una fórmula extraña que sigue funcionando tanto en la máquina de sueños de Hollywood como en la industria editorial, una parodia de Romeo y Julieta donde la muerte es un paso hacia la felicidad. Crepúsculo ha pescado multitudes de lectores jóvenes que mordieron el anzuelo del amor eterno en un universo donde el existencialismo ateo, las guerras mundiales, los avances científicos-tecnológicos, las revoluciones culturales y las desigualdades sociales aniquilaron la posibilidad de seguir creyendo en la eternidad. Bella y Edward pueden vivir felices por siempre. Ése es el chiste. Meyer les recordó a sus contemporáneos que la fácil ecuación del cuento de hadas sigue surtiendo efecto en las imprentas nacionales. La prosa de Meyer no es ‘retrógrada’, ella salta hacia atrás a propósito, es el retorno del romanticismo y el amor inmortal.

Mi artículo es demasiado insulso, lascivo, vulgar, heterodoxo, académicamente blasfemo, carente de sentido común, sin fundamento científico o teórico. De modo que insto al lector a descreerme, a desafiarme, a que efectúe sus propias exégesis de los textos literarios, que destripe los libros a su criterio y proponga sus propias lecturas. Esta es la lectura que yo realizo –ingenua o concienzudamente, sólo Dios sabe– de Meyer. ¿Crepúsculo es o no es literatura? Han pasado diez años desde su publicación. Mucha agua ha corrido bajo el puente, y Cullen ha sido ya olvidado. Yo soy muy rencoroso: nunca olvido a quienes odio. El Señor me libre de la obligación de determinar qué leer y qué no leer. Soy un lector kantiano: interpreto la realidad de un texto con los instrumentos de mi percepción, mi razonamiento e inteligibilidad. Este es mi penoso resultado.

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