sábado, 4 de abril de 2015

Viaje hacia el interior de uno mismo



Me resulta difícil conciliar el sueño en el interior de un vehículo en movimiento. Permanezco en un estado de alerta constante; mi sistema nervioso se resiste a las somníferas artimañas de Morfeo cuando todos los elementos de mi entorno se mueven. El traqueteo de los trenes, el ronroneo de los colectivos, el vaivén mecánico del transporte. Todo estímulo sensorial es motivo de sospecha; todo sino de letargo, traicionero. Estirarse lo mejor posible a lo largo del pequeño asiento, sin éxito, con los ojos entreabiertos; en el vientre de la noche o en el ombligo del crepúsculo, enredando la correa del bolso alrededor del brazo, manoseando los bolsillos por si falta algo.

Si uno no se inyecta música a través de unos auriculares, si los auditivos opios que ocultamos en los móviles teléfonos no sofocan los tedios del corazón urbano, uno se aburre. Y de tanto aburrimiento acumulado el pasajero, viajero sin sueño y sin nombre, se entrega a la observación desenfadada.

Las imperfecciones del ambiente aparecen tras dos o tres parpadeos. Los furtivos graffitis en los respaldos de los asientos, las láminas de mugre sobre la piel de la ventana, la ciudad despedazada por el movimiento, el secreto sudor de imprecisos peregrinos, el hermetismo claustrofóbico del interior del vehículo, la ausencia de los martillos rojos, las tóxicas emanaciones vaporosas de los coches en las avenidas, las irregularidades del terreno lamido por las ruedas, la pésima calidad ergonómica de la posición que ocupamos…

Reconocemos sin asombro que todos estos pormenores corresponden a nuestras vidas diarias, que semejantes condiciones de viaje configuran la rutina imperturbable de miles de millones de almas.

No me inmuta la cantidad de cuerpos superpuestos dentro de los cerrados espacios de los transportes: el ojo argentino acostumbrado está a la contemplación del ganado humano que se retuerce en cárceles rodantes gobernadas por caballeros de traje azul. Persiste, sin embargo, en estos escenarios típicamente porteños y decadentes un aire de sospecha, como si los efímeros habitantes de estas topografías mecánicas, se tornaran monstruos vernáculos y desgarbados.

He dedicado muchos artículos a los eventuales viajes que suelo realizar desde Merlo hacia Flores o Caballito. Y en todas estas escenas capto una esencia tenebrosa en las ciudades, como si la urbe fuera una terrible bestia que nos mantiene encerrados en sus venas de cemento.

Me pregunto si son las prefiguraciones de mi propio espíritu las que describo, si esta atmósfera soporífera de tenebrosidad no es sino una de mis muchas subjetivas impresiones salpicadas en mi inextricable prosa. Viajar, para mí, no es sólo un acto; es un estado de ánimo. Y mi conciencia no deja de viajar hacia el interior de sí misma, inspeccionando en el interior de los recuerdos peregrinos, buscando el destino que corresponde a mi propio y triste ser.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario