lunes, 18 de mayo de 2015

Combustión espontánea



Alguien prendió fuego a un contenedor de basura. Esto sucede en la calle Rojas, la misma calle maldita donde hace dos noches se desintegró en profético desvanecimiento una mujer, la calle donde necesariamente tiene que arrancar el único colectivo que nos lleva a casa. Esta calle acaba de ser cortada providencialmente por un coche policial, a la espera de un camión de bomberos que llega cuando el incendio degenera en un jardín de rosas olorosas cuyos pétalos se retraen al interior del bolo de desperdicios.

Los futuros pasajeros del 136 caminan una cuadra hacia el norte, donde la posición del patrullero no afecta el tránsito. El transporte asoma su tenebrosa cara de cristal a lo lejos; la multitud, horizontal hecatónquiro de brazos bifurcados, hace señas al conductor para que vislumbre la hoguera moribunda. Al principio, no lo advierte; la cardíaca intermitencia azul de los faros policiales le indica que algo anda mal, que un travieso demiurgo metió el dedo en los engranajes del destino. No con poca dificultad el gentío se amontona en el neumático umbral del colectivo. Un pormenor trágico: el chofer es pelado. Blanco fácil de puteadas infinitesimales.

Desde el último asiento de este espacio cruel escribo esta opinión marginal. He llegado a una fervorosa conclusión. Esta calle está endemoniada. La chica desmayada y la sorpresiva fogata plástica lo insinúan. Lejos, lejísimos, en Primera Junta, los policías silenciosos contemplan los últimos vestigios de la corona de fuego, una chispa que a ellos no les será permitido extinguir.

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