jueves, 7 de mayo de 2015

El epitafio de arena



Tres tristes tigres comen trigo en una tétrica tribuna. De izquierda a derecha, se llaman respectivamente Estrella Negra, Sombra Azul y Mono Blanco. No son tigres, son hermanos. Lo que comen no es trigo crudo, sino pebetes con jamón y queso. Y las tétricas tribunas se erigen en las proximidades de la Feria del Libro.

–La gente es mala –murmura Sombra Azul, mordisqueando su sanguche. Multitudes juveniles entran y salen del edificio que corona el corazón de La Rural. El hermano mayor, poeta de cortísima estatura, abominaba de las muchedumbres. Buenos Aires le horrorizaba casi siempre. Muy raras veces se sentía a gusto en Capital Federal.

Estrella Negra, al cabo de un rato, nota cómo, a lo lejos, tres niñas, que bien pueden ser Cárites modernas, le hacían señas por diversión. Mono Blanco, el más pequeño, sólo podía pensar en el partido de Boca contra River que se jugaría esa noche. Él era devoto xeneize, rivalizaba con el escudo de los millonarios; a Sombra Azul no le sorprendía su escasa fascinación por la literatura.

‘Sólo quiere estar con Estrella Negra’, piensa, herido, sabiendo que es verdad, que nunca fue él un hermano cariñoso o protector.

Demasiado tarde. Bebe un trago de jugo de naranja. El hecho de saber que Luna Roja estaba con otros dos amigos en el Pabellón Azul le congelaba la saliva. Conjeturalmente, debían ser seis, y no dos grupos de tres, los que exploraran los stands de la Feria en búsqueda de caros tomos.

A Sombra Azul le revienta que no todo salga de acuerdo a lo previsto. Tiene ganas de meterse un cuchillo en la boca, ansia de que los finísimos dientes del hipotético tramontina le muerdan el cachete desde adentro; que se forme, en su carita bobalicona y circular, un horroroso cuerno de carne colgante; que se le dibuje en el papel de su rostro la famosa carcajada de Glasgow.

No quiere arrancarse los pelos: quiere pasarse una navaja a lo largo de todo el cráneo y arrancarse el cuero cabelludo. Retocar con picahielo su rígida cabeza para dejar al descubierto su angustiado cerebro. Porque un detalle en el plan original ha sido cambiado. A Sombra Azul le disgustan los imprevistos; toda acción tiene que estar escrita, reglamentada y legalizada con un año de anticipación.

Pero, a veces, no todo sale según cómo uno lo planea.

‘Tengo que estar con Luna Roja’, piensa.

No hace nada. Le devuelve la botella de jugo de naranja a su hermana. Mono Blanco se inclina levemente hacia delante.

–¡Ahí hay un peso! –observa.

A Sombra Azul no le importa.

Sabe que va a morir. Sabe que lo van a matar. Sabe que la chica pelirroja lo va a empujar el lunes por las escaleras de la Facultad después de la clase de literatura argentina. En realidad, no es algo que va a ocurrir. Ya ocurrió. Sombre Azul se ve a sí mismo retorciéndose en trayectoria descendente a través de los fúnebres peldaños. Dilucida con curiosa claridad el estrépito sólido de los codos y las rodillas contra el falso mármol. Sabe que, en algún momento de la caída, su nuca tocará los bordes de algún desgraciado paralelepípedo de piedra y… ¡track!

–¿Vamos? –pregunta Estrella Negra.

–Sí, vamos… –balbucea Sombra Azul.

Tienen que descender escaleras blancas para abandonar las tribunas. Un pormenor interesante: ante los estrados se vislumbra un vasto estadio de polvo. Alguien ha escrito una sentencia ininteligible allí. Las huellas del autor anónimo son lo suficientemente profundas para ser vistas desde lejos. Nadie ha delatado al culpable del epitafio de arena.

Un Sombra Azul recorre los peldaños blancos; otro Sombra Azul, en cambio, deja de respirar entre el primer piso y la planta baja de la Facultad. Luna Roja se apresura, se acerca, mira cómo un chorrito de sangre florece de los labios del semimuerto.

‘Me mataste, la puta que me parió, me mataste…’ quiere decir el protocadáver.

Tres tristes tigres ven cómo una mujer con nariz de payaso y zapatos de tap cruza a toda velocidad el Pabellón Rojo. Más tarde, verán a un hombre disfrazado de dinosaurio azul.

–¡El Dinosaurio Roberto! –bromean los hermanos.

En el otro mundo, Sombra Azul se está muriendo y Luna Roja está llorando. Ella encuentra a un amigo en el vestíbulo y lo abraza.

–No lo quise matar… Era una broma, nomás… –explica entre lágrimas.

Estrella Negra y Mono Blanco disminuyen la marcha en el Pabellón Verde. A Sombra Azul se le atasca la mente. Aún no ha imaginado ese lunes fatal que no puede ser posible. Tiene un mal presentimiento. Sabe que Luna Roja, abandonada con sus propios compañeros de viaje en el Pabellón Azul, no aúna los requisitos necesarios para ejecutar un homicidio involuntario. El chico desconfía.

‘Ella me puede matar. Claro que me puede matar. Estoy muerto.’

En la otra punta de esta realidad incognoscible, a Luna Roja la exoneran del crimen por una nota de suicidio encontrada en uno de los bolsillos traseros del pantalón del difunto. El asunto se resuelve con facilidad: el adolescente se aferró a la broma de su amiga y construyó una escena de muerte en base a sus chistes macabros. Pero a Luna Roja esa explicación, si bien la libera de todo cargo y culpa, le disgusta. Sí, ella metió el pie entre los tobillos del muchacho y lo hizo tropezar. Se le ocurre una hipótesis enfermiza y a la vez plausible: Sombra Azul sabía que moriría, conocía la identidad de su futura asesina; sólo una epístola depresiva post mortem redimiría a la homicida de la cárcel.

En el mundo real el crimen no ha ocurrido y nunca ocurrirá. Sombra Azul recibe un mensaje de texto. Luna Roja y sus amigos están cerca, almorzando. Tres tristes tigres avanzan entre las mesas y divisan a los silenciosos comensales.

–Nos tenemos que ir –dice Sombra Azul, esgrimiendo una sonrisa tonta como disculpa–, tenemos que estar temprano en casa.

Luna Roja lo mira. El chico le escruta minuciosamente la cara. ¡Está maquillada! Sombra Azul se olvidó de elogiarla. Lo que tiene que hacer el Principito para saciar la estima del Vanidoso en su asteroide.

‘Mal augurio. Cilicio sobre el semblante. La noche sobre los párpados. Una maquilladora de muertos sacará a relucir sus talentos sobre mi esqueleto.’

–Acordate lo de las escaleras… –es la última frase que pronuncia la chica pelirroja antes de ver como el amigo cobarde la abandona.

Dos tristes tigres ven cómo el tigre viejo se encoge de hombros. ‘Está chinchudo’ piensan.

Lo que no saben es que a su hermano mayor lo van a matar. Rectifico: Julián está muerto. Falleció en la Facultad de Filosofías y Letras, en un lunes de mayo que sólo existe en mis ojos llenos de miedo. Por las dudas, tal vez escriba, solamente como una ejercitación providencial, esa nota de suicidio.

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