martes, 26 de mayo de 2015

La defensa de mi otro yo



Una semana de ausencias donde la continuidad de mis opiniones marginales se interrumpió por fuerza de asuntos más trascendentales. Un puñado de días cuyas tardes presenciaron la laboriosa inactividad de mis manos en lo que a escritura creativa respecta. La imaginación del poeta requiere intervalos de descanso; aún así, existe una raza de escritores –Arlt, por ejemplo– que no conoce el sueño en sus ojos, que escribe incesantemente noche y día. El autor de Aguafuertes porteñas padeció la crepitante penuria de publicar por lo menos un artículo por día. El blog, a diferencia de otros soportes de texto o géneros literarios, puede perdonar los descuidos de un escritor.

El destino me he deparado una sorpresa: un lector comentó entre balbuceos un poco incoherentes su opinión sobre una de mis opiniones marginales. Refirió específicamente la trama de ‘El Pequeño Gargantúa y su temor a la muerte’. Su peculiar interpretación del relato no me ha azorado: hace varios días, otro lector cuya identidad sería bastante imprudente develar en este medio virtual, hizo una crítica interesante acerca de ‘Las cicatrices del alma’, creyendo equívocamente que hablaba de él. (Mi sorpresa no fue su ofensa, mi sorpresa fue descubrir que algunos habitantes de mi barrio leyeran mis textos; no imaginan la felicidad literaria que sentí.) No creo conveniente transcribir sus elogiosos comentarios ya que, sin duda alguna, mis tibios admiradores y mis cálidos detractores distorsionarían involuntariamente los dichos de este buen señor que ha procurado de bona fide corregir mi dudosa moralidad, y perjudicarían más a quien firma la singular crítica que al escritor de Opiniones marginales. Prefiero salvaguardar la fama del comentador anónimo y otorgarle toda la razón del mundo: humildad es lo que me falta y experiencia, lo que menos tengo.

A quienes están absortos en la plenitud de la feliz cotidianeidad argentina les resulta difícil comprender que un escritor padece cierta esquizofrenia necesaria para la consumación del proyecto estético: el hombre llamado Julián que escribe estos párrafos es un ser diferente del chico llamado Julián que asiste a los servicios religiosos todas las semanas o toma pedidos telefónicos en la intimidad de una pizzería.

Aprovecho esta oportunidad para defender a mi otro yo, al yo que existe las veinticuatro horas del día en la materialidad de su existencia. Julián ha abierto su corazón a su lado escritor –es decir, yo–, y no se ha negado en nada a cuanta palabra he soltado en este espacio. Conozco mejor que nadie sus pecados, estimo con absoluta sinceridad sus virtudes, y contemplo cada día las raíces de sus más oscuros pensamientos. Julián no tiene la culpa de las cosas que yo, Sombra Azul –o Sombra, si no quieren pronunciar el cromático sustantivo– escribo. Me acongoja mucho reanudar el debate eterno acerca de la división entre sujeto empírico y autor de ficción, pero, no quiero que la reputación del Julián “real” se vea empañada por mis castillos de tinta.

Al chico le he tomado muchísimo cariño desde que lo conocí. Y no quisiera que uno de mis lectores lo asesine a sangre fría. Desde la escritura de ‘El epitafio de arena’ he notado que la sensibilidad de Julián respecto a su entorno social ha experimentado notorios cambios. Él tiene miedo de que lo maten; a mí, este temor me parece absurdo. ¡Mas lo he visto tan cabizbajo hace varias lunas…!

Así que me entrego a la dificultosa y rimbombante labor de rubricar algunos parámetros de lectura para prevenir posibles ofensas nacidas de mis obras literarias:

1.        Opiniones marginales no es una representación absolutamente fidedigna de la realidad; incluso los artículos que presentan un alto grado de coincidencia con hechos verídicos presentan determinadas marcas de subjetividad que transforman el texto en un mero ejercicio de prosa ficcional.

2.       Los seres humanos retratados en Opiniones marginales han sido deliberadamente modificados, reinterpretados y reconfigurados bajo el criterio estético del autor con fines meramente artísticos.

3.       Los temas que –improbablemente– puedan ser ofensivos para la opinión pública o para determinado sector de la audiencia virtual son abordados desde un punto de vista individual, artístico y universal.

4.      La diferencia entre el sujeto empírico y la figura del escritor es enormísima. Yo, Sombra Azul, soy responsable del contenido de estos artículos literarios; Julián sólo me presta sus manos para escribirlos. A riesgo de evitar un posible homicidio, por favor, absténgase de manchar sus manos con sangre o págueme el entierro con las pompas fúnebres correspondientes y contrate recitadores de elegías escritas en tercetos encadenados. (El día en que me quieran hacer boleta, ¿por qué no morir con clase?)

Si no he establecido más normativas de lecturas, es más por pereza discursiva que por no querer fatigar a los lectores con absurdas directrices. Este artículo está dedicado a aquellas personas que, por alguna extraña razón que aún no alcanzo a comprender, podrían haberse sentido ofendidas con mi escritura. A Julián le gustaría cambiar estos aspectos y llevarse bien con todo el mundo; por desgracia, a mí, Sombra Azul, me encanta el estilo que calza mi escritura. Es a mí a quien quieren matar, es a mí a quien quieren criticar, es a mí a quien deben nombrar en su libro de quejas. Hay un problema: yo no existo. Sólo existo en la mente de Julián. Soy un relato fantástico que no se termina de contar. Soy una abstracción, una representación, un fantasma. Mi nombre es Sombra Azul, mi hermana es Estrella Negra y mi hermano es Mono Blanco. Soy aliado de los Distintos, amigo de Luna Roja y miembro de la Tinta Dorada.

Ah, casi lo olvido…

El lector de ‘El Pequeño Gargantúa’ ha quedado, asimismo, un poco acomplejado por las descripciones efectuadas en aquel texto. Le ofrecí la más sencilla de las explicaciones: Opiniones marginales es una gran ficción. Una ficción que, para ganar su reputación como tal, incurre en la exageración, el oscurecimiento y un determinado grado de coincidencia –coincidencia que no es total– con hechos verídicos. Resistí la tentación de revelarle mi identidad.

–¡Me llamo Sombra Azul! –quise burlonamente gritarle.

Pero no. No lo hice. Julián jamás llevaría a cabo semejante acción. Sólo soy Sombra Azul cuando escribo. Cuando el punto final corona la prosa, desaparezco. Y vuelvo a ser Julián.

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