viernes, 29 de mayo de 2015

La doble visión del artista



El formalismo ruso ha formulado en tiempos de hambre y nieve la noción de ostranenie. Extrañamiento, desautomatización, singularización. Describir un objeto, un acontecimiento o un personaje como si fuera la primera vez que se lo ve. Me pregunto si este procedimiento literario puede aplicarse a la vida real. Ver los objetos de nuestra cotidianeidad como si fuera la primera vez. Ver el mundo a través de los verdes vidrios de la loca esperanza, como sentenciaría, tal vez, la amadísima Sor Juana.

Una chica a quien nunca he visto me sugirió escribir sobre la visión. Yo pregunto: ¿qué visión? ¿A qué llamamos nosotros visión? ¿Y cuál es el mágico significado de esta bisílaba palabra en mi rioplatense lengua?

El artista tiene una doble visión. La visión primera es el obligatorio par de anteojos que tiene que utilizar para poder interpretar el mundo de una manera lineal y cuerda. Aunque usted lo quiera negar, lector, todos usamos esos anteojos desde que nacemos. Anteojos que ciertas sociedades construyen para evitar que los hijos del hombre enloquezcan ante los mil y un colores de esta tempestad a la que llamamos ‘realidad’. Cuando nos dicen que el cielo es azul o que dos más dos son cuatro, utilizamos inconscientemente el cristal cuadrado del sentido común.

Cuando nos quitamos estos lentes cobra forma nuestra visión propia de la vida. Al principio, los ojos de nuestro espíritu experimentan una severa dificultad al adaptar las luces y las sombras del cosmos a su nuevo registro visual. Dejamos de ver las cosas como tales. Entrevemos en el nido de un hornero el latido de una especie, contemplamos en el hueso único de un lápiz la muerte de un roble, las matemáticas dejan de parecernos tan exactas. Los seres humanos tienen forma de pozos llenos de sueños o de desesperaciones. El tiempo corre libre en nuestra mente, sin esos mecánicos bastones entorpecedores a los que llamamos relojes.

La visión del artista es una ventana secreta. A través del balcón de los artistas observamos el planeta y lo desmontamos a nuestro antojo. Para salvaguardar nuestra visión, construimos la torre oscura del arte. Una torre que nadie puede alcanzar. El refugio último de los sanos bohemios, de los guerreros oníricos, de los narradores de historias, de los inventores de melodías, de los prestidigitadores de óleos, de los hacedores de mundos.

Desde la cima de nuestros sueños, somos libres de arrancarnos de la cara la lente de lo ordinario. Demasiado angustiante es la realidad si la vemos así, como nos la producen, como nos la cuentan, como nos la dibujan. Por eso decido enloquecer, coserle alas a mi prosa, arrojar el corazón hacia las nubes...

Si Dios construyó su casa en el Cielo, le envidio con derecho su panóptico punto de observación. La Tierra preciosísima debe ser desde la estratósfera.

Un hombre que aprende a ver lo invisible es un hombre con una gran visión. Mas de poco sirven los ojos que mundos sueñan sin las manos de los que mundos crean.

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