jueves, 7 de mayo de 2015

La esmeralda redentora de mis prados



Soy escritor, no compositor. Mi amor por la poesía es, contradictoriamente, un obstáculo para escribir canciones. La razón es sencilla. Quien escribe soy yo, y quien canta es otro. Los versos y los sentimientos son míos; el cantante puede tener una visión de mundo que desencaje por completo con lo que escribo. No es una cuestión de técnica: no escribiría ni siquiera para el artista más famoso o el ruiseñor más noble o la voz más prodigiosa.

El tema de mi pensamiento surgió en la noche de miércoles, durante un ensayo clandestino. Algunos de los Distintos estaban presentes: Angus, Samsa, Immanuel, M. Roland. Hacia el final de la melódica jornada, uno de los cristianos preguntó quién sabía escribir creativamente. Los Distintos me miraron, como marineros que miran al capitán de un barco de tinta.

Objeté mi candidatura a letrista oficial. En épocas pretéritas había ofrecido en sacrificio mi estética literaria a favor de la banda de la iglesia. Sólo que, en aquellas instancias, no tenía la repercusión y el grado de artificiosa laboriosidad que tengo ahora entre mis compañeros de armas como hombre de letras.

Algunos reían, distraídos; otros, los Distintos, se emocionaron con esta posibilidad.

–Pero que no escriba palabras complicadas… –insinuó una voz bromista.

En esta sentencia inocente dilucidé en el acto el absoluto rechazo de la propuesta estética que se condensa en los vasos sanguíneos de mis dedos. Un rechazo que se produce, no por el desdén deliberado o consciente de los cantantes hacia la poesía, sino por la imposibilidad de comprender en su plenitud semántica cuántos significados existen en cada palabra que se canta.

Yo soy incapaz de ultrajar la tradición musical cristiana con mis versos profanos. Las evangélicas alabanzas, a veces contaminadas de rock, –entiéndase contaminación como contaminación genérica, si lo relacionamos con lo literario– abundan en imágenes retóricas ya fijas: términos como ‘fuego’, ‘santo’, ‘corazón’, ‘sangre’, ‘adoración’, son recurrentes en las melodías modernizadas en los ministerios pentecostales. No puede venir un vodeler cualquiera (es decir, un mal imitador de Baudelaire) y empuñar una frase como: Eres la esmeralda redentora de mis prados. No soy tan ingenuo como entremezclar metáforas oscuras con guitarras eléctricas.

Piénselo, lector, desde mi posición. Entrego mi himno con la más preciosa métrica y retórica gongorina en plena postmodernidad, y los nuevos cristianos, por más buenas intenciones que tengan, le romperán las costillas a mi rima y la someterán a numerosas operaciones de corte, cambio y refacción, hasta lograr lo que ellos buscan. Que a un poeta le editen una poesía es como que a Velázquez le retoquen Las meninas.

Libertad Argentina –a quien añoro muchísimo, mujer de colores– me convidaba a la distancia canciones de Spinetta o de Lisandro Aristimuño. Las letras te serruchaban la cabeza. El marido de una tía materna escucha La Renga y los Redondos. Mis profesores de Taller Literario, fanáticos declarados de El Cuarteto de Nos. Mi hermana ama Las Pastillas del Abuelo, No Te Va a Gustar y Soda Stereo. De mi padre pertenece el gusto que heredé por Coldplay y U2. De mi madre, los conocimientos de un género más romántico: Valeria Lynch, José Luis Perales, Isabel Pantoja. De un amigo, el metal caliente que mi hermano ahora experimenta: Slipknot, Metallica, Guns N’ Roses, Linkin Park –en su fase inicial–, System of a Down, Red Hot Chili Peppers, Rage Against the Machine…

A mí me atraviesan, a falta de una predilección, todos estos géneros; así como al amante de la literatura le cuestan decidir cuáles son sus diez libros preferidos. Y con todas estas experiencias musicales, con sus respectivas significaciones melódicas y líricas, he de escribir canciones. Canciones que los círculos evangélicos, y lo digo con conocimiento de causa, no aceptarán.

La iglesia moderna –o postmoderna–, o por lo menos los cantores ansiosos de la calle D. no están preparados para una revolución estética. Tampoco puedo subyugar mi verso a una serie de representaciones ya gastadas, no puedo resumir el infinito amor de Dios en sucintas oraciones bimembres. Para mí, el acto de adoración es más profundo, y es esto justamente lo que me exime del oficio de letrista. Si las canciones trataran de asuntos más terrenales, lo aceptaría, tal vez, porque en dichas ejercitaciones no eclipsaría al Todopoderoso con rimbombantes retóricas. Dios es y siempre será la fertilidad de mis campos elíseos y la quintaesencia misteriosa de mis elegías de mármol. Pero para regalar canciones a quien no las entienda… prefiero que me odien por no escribir canciones en privado que por cantar mal en público.

Destinaré mi estilo a empresas más fructíferas. Me destrono a mí mismo de mi candidatura. Que los Distintos prescindan de mis vanas odas. Y que las bandas musicales busquen a un ‘normal’ compositor de canciones como la gente.

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