domingo, 31 de mayo de 2015

La mordedura de Andrómeda



Así como manifiesto abiertamente mi admiración por las expresiones artísticas en sus heterogéneas posibilidades, debo reconocer que el artista no está exento, en la búsqueda de originalidad e identidad, de cometer equivocaciones. En el arte no hay aciertos o errores, por la sencilla razón de que no hay reglas sino gustos. Principio que no puede ser aplicado a la vida del hombre moderno. Hay un abismo tangible entre la realidad del ser humano y la ficción que produce el escritor. Entender que la literatura es una profesión, que el lenguaje es un material de trabajo y que las palabras de un poema no son verdades absolutas es el primer paso para admitir que el escritor mismo en nada se diferencia de los científicos o los obreros.

La literatura ‘es’ trabajo. Una empresa que se tiene que abordar con sinceridad y sin vanaglorias. La poesía no cae del Cielo; crece desde el interior del corazón humano. La tipología de corazones no reconoce límites: corazones intoxicados, corazones políticos, corazones mistagogos, corazones religiosos, corazones juiciosos y prejuiciosos. Cada uno de ellos dibuja una canción diferente, una secuencia original de latidos. Hay una primera fase en la que el escritor lee a otros para ver de qué manera han llegado a construir sus mundos de tinta; la segunda fase, la búsqueda de la originalidad, es la que más se sufre estéticamente. Se imita, se parodia, se copia. Es la hora de la experimentación y las máscaras, la prueba de zapatos ajenos y el uso de nuevas vestiduras.

(La segunda fase nunca termina. En todo tiempo se lee y se escribe. En ningún momento se niega la influencia del ayer.)

El próximo salto no es escribir, tal como la mayoría piensa, tal como yo lo pensaba. En el siguiente casillero hay un espejo por el cual uno se tiene que mirar a sí mismo para abrir la caja de su corazón y ver lo que hay adentro. Lo que se encuentra será la columna vertebral del cuento, verso o novela que escribiremos. Hay quienes piensan que no se puede escribir de lo que no se vivió; pero si hallamos en el último cajón del alma el martillo del compromiso, la capacidad de meterse en la piel del otro, ese corazón está habilitado para ‘intentar’ abordar las vicisitudes de la guerra, el crimen, la muerte, la enfermedad y la locura.

Quiero develar la experiencia decisiva que abrió mi ciega mente a estas tiernas conclusiones. Temo retratar equívocamente a la protagonista de este artículo como una antagonista, cuando en realidad lo que pretendo es mostrarla como una heroína, de un modo más abstracto y sincero. La vida está llena de héroes inesperados; personajes que incluso pueden ignorar por completo que están salvando a alguien de la manera más insospechada. Pienso firmemente, a pesar de las discrepancias chispeantes de carácter, que ella es una heroína.

Fueron los comentarios de Andrómeda Torreblanca los que forzaron salvadoramente el destino de mis largos poemas. Muy difícil me resultará olvidar el fuego de aquel debate literario, al que poco puedo referir por mi ineficacia en la ciencia de recordar. En la sana discusión contemplé los vacíos de mi propio pensamiento, las furiosas burbujas de mi laberinto. Y este laberinto roto –que no era Londres– vio al pequeño escritor que alguna vez fui. Al chico que leía el mundo con fervor, con entusiasmo, con esperanza... ¿Cuándo murió el niño interior que había en mí? ¿En qué momento mis palabras se vaciaron de mí? ¿En qué página de mi biografía murió la mitad de mí?

Me entristecí. En medio de esta tristeza que no era tristeza, esa congoja subterránea que nadie pudo notar y que recién ahora puedo traducir, tuve la certeza de que Andrómeda estaba arrepintiéndose más de cómo lo dijo que de lo que dijo. Ignoro lo que ella pensó después de haberme arrojado su mordedura letal. No fueron sus balas las que hirieron al tigre; la fiera ya estaba enferma, con las garras usadas, con la cadena estrangulándole una pata, con el violento pelaje avejentado y alicaído.

En la calle de tierra, en la semipenumbra, después de aquella reunión entre los Distintos, creí ver a alguien que quería volver a vivir. Vi la verdulería de la calle Gardel. Una punzada que anunciaba una revelación, la sensación de una mano que remueve mis carnes así como el perro que rasca la tierra para desenterrar el hueso...

‘Algo’ había resucitado en mí. Mientras conversaba con Veracruz, el pequeño poeta volvía a nacer, volvía a respirar, volvía a llorar.

–Pero... Julián... –podría decir el lector– disculpe, Sombra Azul... pero, usted siempre escribe, y escribe bien, escribe maravillosa y extraordinariamente bien... ¿Cómo puede decir esto de sí mismo?

Y respondo:

–Le agradezco con toda sinceridad sus comentarios, lector, pero he cometido el crimen de no disfrutar de lo que escribo. Mi pecado ha sido el orgullo de creer que por ser buen escritor escribo verdades absolutas o artículos de lujo.

Algo que el Julián más joven hacía sin importar lo que podrían decir los otros. Ese ‘algo’ que perdí en mi literatura y en mi vida. El placer de disfrutar de lo que escribo y de lo que vivo.

Hubo una segunda reunión aquel día. A mí me tocó en suerte cerrar la puerta de la iglesia. Andrómeda apareció a mi sombra. Arribo al punto más borroso de mi relato. El escritor tiene que estar a la altura de sus sentimientos; sin embargo, no todas las melodías pueden ser oídas en su plenitud, y las emociones que queremos describir escapan de nuestro lenguaje. Volteé. La vi delante de mí. Intenté sonreír. Un hondo sable de gratitud sembraba pausas en mi garganta. Le expliqué mi irritación inicial y mis reflexiones posteriores. Ella admitió ser brusca, temer que la charla acarreara consecuencias indeseables. Pero me gustó la violencia de sus palabras, el martillazo verbal entre los ojos. Eso era lo que me hacía falta. Me hubiese encantado decirle tantas cosas. La noche única no bastaba en su oscura duración. Sentí vergüenza, gratitud, calidez al mismo tiempo. Sentí curiosidad por ver las negras ventanas de su mirada. No quería mirarla a los ojos. La mirada implacable, asesina, de Luna Roja en la Feria del Libro perdura sangrienta en mi memoria.

La miré y ella me miró. La escuché y ella me escuchó. Nos entreveramos, mostramos nuestros mutuos cuchillos, salimos airosos del combate. Me creí fuerte en el discurso oral; Andrómeda llega, mueve el tablero con el arte de sus labios y las sólidas fichas saltan blandas al aire. Me doy cuenta de que tengo mucho que aprender. Me doy cuenta de que lo que tengo en la mano es una flor de cerámica cruda, sin belleza y sin pulir. Me doy cuenta de que no me importa si a ella le gusta o no la literatura, de que no me importa convencerla de mi punto de vista, sino de que estuve a punto de vender los principios que alguna vez defendí por un puñado de papeles. Entendí que ninguna palabra humana es sagrada. Comprendí que el artista no mejorará al mundo por ser más bohemio. Andrómeda, sin quererlo, sin saberlo, echo un ojo en el pozo de mi corazón y arrojó migajas de pan sin ver los peces muertos que emergían de las aguas del pasado.

–Prefiero que seas brusca y sincera –dije torpemente–, a que me halagues...

En verdad me gustaría recuperar todas las frases que le confié y que quise confiarle. Andrómeda me dio algo demasiado hermoso y significativo para mí: la certeza de haber sido escuchado. La calma después de la tormenta. Cerré la puerta de la iglesia, apagué las luces. Nos despedimos.

Muchas cosas han ocurrido aquel día. La pregunta del millón es: ‘¿por qué Andrómeda es una heroína?’ Porque ella siguió el impulso de responderme. Porque no negó las exigencias de su propia naturaleza. Más tarde, quizá, se habrá detractado de ciertas expresiones. Respiramos hondo, tuvimos el valor de decirnos que pensábamos diferente. Ese acto valiente de decir lo que uno piensa me conmovió en sí. Fue... ‘lindo’. He tenido numerosas experiencias buenas, pero mi biografía no prospera en escenas así. Simplemente bonitas.

Los escritores no siempre tienen razón. Somos humanos. Nos vanagloriamos de ser artistas inspirados por las musas, nos llenamos la boca de falso lirismo, pretendemos ser superhombres. Crucé o casi crucé la delgada línea que separa al buen escritor del poeta engreído. La literatura no es un espacio de poder, un partido político o un imán para la fama. Es amor a las palabras, es la máxima expresión de la condición humana en el lenguaje escrito.

No quiero convertirme en un becerro de oro. No quiero ser intocable. Si mi literatura no produce dudas, cuestionamientos y críticas, es inútil. Vanas son las campanas cuando en la catedral no tañen.

Si pudiera retroceder hasta ese momento en que Andrómeda me mordía la mente con sus palabras hasta casi hacer llorar el violín de mi alma, ¿qué le diría?

‘Gracias’. Esta es una de las muchísimas palabras que repetiría en esa línea alterna de tiempo. Lo demás, todo lo que pueda decir, todo lo que pueda escribir, todo lo que pueda sentir, todo lo que pueda pensar... es historia.

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