jueves, 14 de mayo de 2015

Las cicatrices del alma



Todo aquel que me falta el respeto deja de ser mi amigo. Su nombre usurpa un renglón adicional en mi lista roja. El rencor no ha de ser una virtud de los cristianos, pero no nací con la Biblia en la mano. Mis padres y mis hermanos conocen el odio. Vi sangrar sus almas, vi llorar sus heridas, vi aullar sus ojos. Los hombres pueden ser crueles. Mi corazón se abre y se cierra como las alas de una mariposa de cristal. Lo cuido en demasía y con fervor: tarde o temprano, con las moscas equivocadas, puede romperse.

Los pequeños villanos de la vida cotidiana son inolvidables. Dos nenes me robaron una botella de gaseosa de uva en cuarto grado mientras me encontraba solo en el colegio; en segundo grado, un chico, corriendo hacia mí, me empujo sobre las baldosas de la escuela; en quinto, una pelota me partió la cara y casi no pude respirar; en sexto, un nene se burló de mí diciendo que yo gustaba de una tal Natalia, y terminé llorando en la puerta del aula.

Si dispongo esta clasificación de estos tenues recuerdos, que en comparación a los crímenes espirituales que se han perpetrado contra la sangre de mi casa son insignificantes, es para demostrar que si soy capaz de rememorar las minúsculas ofensas de la niñez, ¿cuánto más mi memoria será capaz de recuperar las grandes batallas que los necios han rubricado contra mi apellido?

Son las grandes miserias barriales las que deliberadamente omito. Los cortes de la fatalidad se prolongan en la piel de la mente con un puñal al rojo vivo.

Todas las cicatrices que mi cuerpo no tiene las llevo en el alma. Y, a veces, sin quererlo, alguien toca las heridas. Y mis ojos vuelven a sangrar. La sangre enrojece mi visión. Y me cierro. Soy un libro rojo y negro que se abre y se cierra una y otra vez antes de que la Muerte termine de leerlo.

En estos tiempos de desesperaciones y desconfianzas, he de ser más cuidadoso y selectivo con mis amigos. El proceso de selección duele, pero no quiero compartir mis sueños con los idiotas. No quiero compartir mi vida con alguien que es capaz de faltarme el respeto. Porque si lo hace, entonces, puede, tranquilamente, a cambio de una bicoca, venderme en el huerto de Getsemaní.

El respeto es la vara con la que se mide el honor de un amigo. La falta de él nos puede matar. Quien no se respeta a sí mismo y a su prójimo, es incapaz de respetar la vida, y, por ende, de disfrutarla en toda su sana plenitud.

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