lunes, 4 de mayo de 2015

Los Distintos

En El Pequeño Gargantúa y su temor a la muerte concedí excesiva relevancia al homónimo personaje que da nombre a su relato. Omití, deliberadamente, el protagonismo de los Distintos, los organizadores del espiritual cónclave al que aludí en el pretérito cuento. En la realidad, responden a otros nombres y no reciben el confuso rótulo de 'distintos', que, para mí, les concede cierto prestigio filosófico. La referencia a la novela fantástica Los Distintos de Stefan Bachmann, la cual aún no he leído y espero poder hacerlo algún día, es deliberada. Cualquier coincidencia con la literatura es intencional.

Nadie sabe cómo llegaron los Distintos a la iglesia. O, mejor dicho, sí, se sabe. El honor de relatar su llegada corresponderá a otro cronista. Tienen rostros transparentes que dejan entrever el alma, de modo que no resulta difícil trabar charla con ellos. Creo rememorar que Angus Morel –advierto al lector mi hábito de tatuar sobrenombres a mis amigos– es un experto conversador cuya voz es un río continuo y circular. Ya elogiaré, en párrafos posteriores, las virtudes de este grupúsculo de espíritus bondadosos.

Dos grandes estirpes entroncadas en alianzas previas configuran el grupo de los distintos; tres, si tenemos en cuenta que Mathias Rolet –guitarrista, conocedor de las preciosas geografías del Chaco, erudito respecto a mí en cuanto a acústicas tecnologías y dispositivos misceláneos, curiosidad insondable y alma diligente– trae otra sangre en sus venas que no es la de los Torreblanca o la de los Morel.

¿Por qué me preocupo, a estas instancias de mi vida, primaverales y aún insurgentes en cuanto a maduraciones y verdades por comprender, de consagrar a determinadas personas como personajes? Porque, quien lea estas líneas, quien tenga un mínimo conocimiento acerca de los círculos sociales en los cuales me muevo, identificará con facilidad a Rolet, a Angus, a los Morel, a los Torreblanca.

Sombra Azul, el Escritor Tenebroso, que a la luz de la realidad de tenebrosidades poco tiene y entiende, que escribe esto en un locutorio de la calle Puán después de una clase de Literatura Argentina una tarde de lunes, corre riesgos innecesarios. Se amontonarán lisonjeros pidiendo, suplicando, tal vez exigiendo su rincón en mis opiniones marginales. Y me veré forzado a prolongar –la pesadilla de Arlt, periodista– una prosa ajena a mis inspiraciones y convicciones.

O, tal vez, lo más probable, no suceda nada.

Como Luna Roja, como los poetas de la Tinta Dorada, como el Pequeño Gargantúa, como la Chica de Cabello Violeta en la Feria del Libro del año pasado, como la Bruja de la Ventana del colectivo 136, como el Hada sin Nombre de Floresta, como el hombre que estrechaba manos en Ciudadela o los drugos de Buenos Aires, los Distintos, por sus características únicas e irreproducibles en su singularidad, merecen ser consagrados en mi obra poética como personajes de ficción para comprender mi literaria visión de mundo. El día de mañana, si la Providencia y el Esfuerzo me deparan la fortuna de una amplia o secreta difusión de mis crónicas costumbristas, podré afirmar que sí, efectivamente, los Distintos tienen nombre y apellido: celebraban sus reuniones en cierto templito evangélico de la calle D…, y otros pormenores poco importantes ahora. Nótese ya que, como Poe, borro, escondo, oculto, ciertos datos. Que el lector adivine cuál es la calle D.

Angus y Samsa Morel por un lado; Veracruz, Andrómeda e Immanuel Torreblanca por el otro. No ignoro a Justina, a quien se puede considerar una Distinta por añadidura: ella ya ocupaba una silla en las evangélicas reuniones antes de la llegada de los nuevos soñadores. Tampoco ignoro a Stephen Morel y a sus hermanos más pequeños; a Roma Torreblanca y al Caballero Silencioso, a quienes he visto juntos, embebidos en un mutismo ceremonial y respetuoso; a Paolo Torreblanca, cuya presencia se añora. Pasé por alto el detalle de que Rolet es padre de familia.

He manifestado la posibilidad de una polémica con mis últimas producciones literarias. ¿Por qué los llamo a ellos, precisamente, los Distintos, con gloriosas mayúsculas? Esbozo una justificación llena de simbolismos borrosos: hace seis años he plantado una higuera en un jardín que no existe más que en mi conciencia. ¿Qué acero traidor enchapaba los picos de los cuervos que destrozaron sus ramas? Quiero obviarlo. No muchos pájaros anidan en mis ramas, no muchos héroes abundan en las páginas de mi calendario. Anegué el sabor del fracaso tras un manto de exámenes y fotocopias; sabe Dios que detrás de cada garabato al margen de mis apuntes se dilucidan los bálsamos de la nostalgia por el tiempo perdido y las épocas que creí doradas en sus vigencias.

La Tinta Dorada me proporcionó herramientas como escritor; los Distintos me proporcionan la tranquilidad de saber que no todo está perdido, que el Hijo de Dios no murió al divino botón por una humanidad que le escupió en la cara, que el hombre de letras puede ser recibido en los umbrales de la gracia redentora de Cristo.

Y hasta aquí llega lo cristiano de mi estilo, porque, hay historias que es mejor no prologar y dramas que lamentablemente no son guiones de telenovela, sino hechos que explotan en las narices de los perros que recorren mi barrio.

Sí, lector; los vendedores de golosinas y las ruedas de los patrulleros rezuman un escepticismo que ni te cuento, un sentimiento de decaimiento acentuado por los crímenes que en el ojito de cristal de la televisión desfilan todas las argentinosas tardes, una fatalidad absoluta que eclipsa toda buena noticia, por más que se trata del mismísimo retroceso de un malevo cáncer en las orillas de los pulmones de tu vecino.

Y llegan ellos, los Distintos, con sus saludos, con sus proyectos, con sus ideas, con sus sonrisas, sus sinceras intenciones de ayudar al prójimo. Y sí, dan ganas de leer la Biblia boca arriba, cambiar los ánimos, interrumpir la energía negativa que circula en la atmósfera con un tijeretazo de buen humor.

Hace poco me pregunté: ‘¿cómo puedo ayudar a los Distintos?’

Mi conciencia respondió, intrusa y ganosa de pelear con el silencio: ‘Escribe’.

Si ustedes son poetas y acaban de conocer a ciertos espíritus geniales, y tienen ganas de escribir una gran epopeya, oda o elegía sobre sus vidas, ¿no lo harían?

Esta es la canción de los Distintos, su carta de presentación, el prólogo de una novela que se escribe con acciones y no con tinta. Ellos, a su manera, como Luna Roja, Pluma de Cuervo o Libertad Argentina, son los héroes de su propia historia.

Pero, si no hay escritores en el horizonte, ¿quién escribirá los acontecimientos que dan forma a sus desventuras? ¿Quién registrará sus hazañas? ¿Quién transcribirá su eterna pugna por mantener la esperanza en las eras de adversidad y dolor?


Y aquí aparezco yo. Heme aquí, Señor. Mis manos al servicio de la verdad, el arte y el misterio de las palabras. Bienaventurados los que son piadosos con los escritores, porque a ellos se le dará el lugar que merecen en las novelas del futuro.

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