sábado, 16 de mayo de 2015

Los trágicos amantes de la calle Rojas



Llego a Primera Junta, en la intimidad de una noche poco lujuriosa; la fila para el 136 parece interminable. Delante de mí, unas figuras misteriosas se manosean y se besan ruidosamente. Una traqueotomía pública, poco pudorosa, abierta como las puertas de un bar de hielo.



Mi viejo sugiere esperar el segundo colectivo. Le hago caso. Ninguno de los dos quiere viajar parado. Camino unos pasos. Ocupo el sexto lugar en la nueva fila. Algo ocurre detrás de mí. Volteo. El grito o el gemido de una chica desconciertan a todos. Un maniquí de carne se desploma en el cordón.



La fila se desarma en la esquina. El novio de la desvanecida dama carga o intenta cargar su inerte cuerpo para depositarlo contra los muros exteriores de un banco silencioso. Una pasajera sacrifica su privilegiada posición para tenderle una botella de agua; otra, de faldas azules católicamente largas, efectúa inquisiciones en el semblante de lo que a lo lejos parece un cadáver.



Han transcurrido apenas unos segundos. Impávidos los taxis desfilan en la minúscula envergadura de la calle Rojas; los testigos se rascan la cabeza descifrando el estrambótico escenario.



La chica recupera la conciencia. El novio recorre la plenitud de su cuero cabelludo con los dedos para descubrir ocultos traumatismos en la selva capilar. Los personajes auxiliares certifican su lucidez y retoman sus sitios prefijados. La atmósfera de la lineal multitud, aunque tensa, recobra su antigua parquedad nocturna.



Me distraigo para empezar a escribir estos párrafos. Al levantar otra vez la mirada, los trágicos amantes desaparecen. Mi larga espera se reanuda. Sin que nadie pueda explicar a ciencia cierta qué fue lo que sucedió.

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