viernes, 15 de mayo de 2015

Repentino michifús



Después de una reunión de amigos, llegué a mi casa, entré a mi habitación y encontré a un gato que ronroneaba junto a mi hermana. La historia de cómo llegó esta criatura a mi hogar es el tema de este relato.



Estrella Negra, en mi ausencia, notó una rara estridencia en los ladridos de los perros en el jardín. Mi hermana exploró el patio: allí, entre la mustia vegetación, halló al anónimo minino.

Inmediatamente se discurrió un proyecto de adopción cuyo primer campo de acción fueron las redes virtuales. El gato aún no ha sido adoptado; Estrella Negra considera aún a potenciales vecinos que puedan brindarle afecto y sustento.

La criatura pasó una noche en nuestro dormitorio. A las cinco de la mañana, pude sentir cómo sus patitas reptaban sobre mi cara. El animal sin nombre me vio, saltó de mi cama y avanzó hacia la puerta. ‘¡No, no, no!’ balbuceé, estiré la mano. El gato, paralizado, notó mi miedo, y regresó al lecho de mi hermana. Tardé varios minutos en recobrar el sueño.

Ahora puedo entender por qué los seres humanos aman a los gatos. Es muy difícil resistirse a sus ojos abismales, su grácil fragilidad, su cautivador maullido, su aire de vulnerable fortaleza…

Pero sin importar cuánto mi hermana lo ame, este gato, entre tres feroces y celosos cerberos, no se puede quedar.

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