lunes, 8 de junio de 2015

Alguien a quién amar



Uno de los irrisorios y nobles requisitos que se impuso Don Quijote de la Mancha para armarse caballero fue prometer amor incondicional a quien fuera la mujer que justificaba el latido de su entintado corazón. La figura de Beatriz Portinari en los versos dantescos transforma a Alighieri en el arquetipo de poeta enamorado por excelencia en toda la historia de la literatura universal. En sendos casos, sea entre poetas o locos, uno elige a quién amar para vivir. Ese amor inolvidable define una gran parte de quiénes somos. Sin Dulcinea no existiría el gran hidalgo, sin Beatriz no habría motivo para viajar a través del Infierno. Nosotros, por inconsciencia o con conocimiento de causa, sacrificamos nuestros becerros de tiempo a alguna diosa que camina dentro de los pasillos del recuerdo. No hablo de idolatrías ni devociones, sino de todos los sacrificios implícitos en el arte de enamorarse.



Yo salgo a la calle y las señoritas no me atraen. A lo sumo, me llaman la atención. Algo me pasó. Me enamoré. Me enamoré tanto que cada vez que una mujer me pregunta la hora, me indigno. Porque pienso en la otra mujer, en esa mujercita que mueve los engranajes de mi alma. Quiero que ella me pregunte la hora, no la mujer real que se desdibuja delante de mí. Quiero que esa extraña dama arranque todos los números de mi reloj y los desparrame por el aire. Sí, quiero que ella venga y haga pedazos mi tiempo. ¡No me preguntes, amiga, la hora! Porque sólo el rostro de los relojes te sabrán responder.



Mírame, meditabundo y errante en la escalera de Jacob. Yo también tengo mi Beatriz, mi dulce Dulcinea, detrás del decimonono peldaño, ¿sabe? Tuve veinte años para no pensar en ninguna mujer en particular. Veinte años para emborracharme, veinte años para fumar, veinte años para probar de todo sin dejar escapar nada. Ahora, siento que todos los placeres mundanos se me escapan, que Lucifer ya no quiere tentarme, que se aburrió de esperar a que este abombado cruce el umbral de los tabúes. Es demasiado tarde. Me enamoré. Mi vida es hermosísima tal como está. A los ojos seglares seré patético; sí, hay experiencias de las que puedo prescindir por completo, nací con la cabeza al revés, buscando placeres en los libros propios más que en las novias ajenas.



Sí, seré bobo. Pero soy feliz. No me preguntés la hora, nena. Pasá de largo. Ni me mirés. Esperé veinte años para que una mina se fijara en mí. Ahora, me enamoré. No me importa. Leo a Cortázar, leo a Pizarnik, leo a Perlongher, leo a Puig. Esto es lo que hago mientras espero: leer. Lo que cualquier persona haría en una sala de espera. Leer, agarrar un puñado de palabras, tratar de darles un sentido. ¿Sabés? Cuando yo me impaciento, o me pongo nervioso, agarro cualquier objeto al alcance de mi mano. Una pulsión. La literatura es eso. Es un objeto de transición, un caramelo espiritual, el prólogo antes de la eternidad...



Ufa, que me voy por las ramas. ¿Dónde estaba? Ah, sí.



Todos tenemos a alguien a quién amar. Todos los poetas tienen a alguien a quién dedicar sus versos. Acá el tigre se pisa la cola: muchos conjeturan que mis párrafos están dirigidos a alguien. Que una mano oscura o unos ojos sensuales quebraron la monotonía de mi estilo. Yo les puedo decir que no, que el amor es sólo un tema de conversación, nada más. Pero hasta a mí me parece mentira semejante contestación. No vale la pena mentir: soy blando como la arena o la manteca. Yo también me entrego a mis propias sensiblerías, a esos raros accesos de sentimentalismo que me permito padecer para sentirme humano.



Cada quien es su propio Quijote. Pero, ¿para qué cometer tantas locuras si no hay nadie del otro lado del río para compartirlas? Tarde o temprano, ella cruzará el puente, se subirá al colectivo para mirarnos con inicial reticencia y timidez... Y nos preguntará la hora.

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