lunes, 22 de junio de 2015

Bendición de Madre



Mi madre ha comenzado a ver programas de televisión sobre literatura. Sí, parece un oxímoron: el cristal y la tinta, la pantalla y el papel. Elementos que, en equilibrio responsable, conjugan bien como la gramática de un verso de Neruda.

Sospecho que es un tierno intento por comprender el oficio de su hijo, que no le muestra nada de lo que escribe.

–Preparate para las críticas –ha sido el último consejo que ella me ha dado en relación al destino que he elegido.

Pronunció las sílabas con el amor más serio del mundo. Me ve a mí y ve en mí a un escritor. También ve en mí a un cristiano. No un escritor cristiano; el hombre-escritor y el chico-cristiano cohabitan la misma casa de carne. El tigre y el perro no se tocan en la jaula: el uno dócil, blando, cantante, bueno, manso, que se deja acariciar por manos intrusas; el otro, fiero, sangriento, resentido con el mundo y su rutina, devorador de carne, mordedor de poesías, sediento de estrellas.

Soy un híbrido, un monstruo: tigre-perro, cristiano-escritor, hombre-chico. Soy como esos programas de televisión inaugurados por novelistas argentinos que ve mi madre: el cristal parlante, la voz de vidrio que habla en lenguas de tinta.

Un licántropo, un hombre lobo argentino. Mi madre reza –“ora”, sí, me acuerdo de lo que dijiste, tengo que escribir “ora”–, ora por una sombra que camine a la par mía. ¿Me pregunto quién será mi mujer pantera en esta selva de nubes?

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