miércoles, 17 de junio de 2015

Discurso del pájaro carpintero



No temas. Yo también tengo vergüenza. O eso te diría si no tuviera que lidiar con tu ausencia. Conviene disfrazar las apariencias, borrarte el nombre, a mí no me gusta que mis lectores sepan quién sos. Soy celoso. Un poquito, a mí manera. ¿Existís o no existís? No te enojes, lo escribí para que los otros lo lean y se confundan. Sólo sos una metáfora maravillosa, una tierna alegoría, una mujer hecha de palabras. No quiero que otros labios usurpen tu apellido, tengo miedo de que lo pronuncien mejor que yo. Sí, tengo miedo, ¿sabés? Hay muchos príncipes azules fuera de la pantalla; donjuanes más altos, más guapos y más ricos que yo. Y si te soy sincero, no te conviene enamorarte de mí. Los escritores somos miserables. Bueno, no estoy tan de acuerdo en este punto, pero, ese será otro tema de conversación que me encantaría hablar con vos si... ¿Cómo te lo explico? Imaginá que estás casada conmigo... No, no quise decir que quiero que te cases conmigo... Aunque, en realidad... No, me estoy explicando mal, me estoy hundiendo... Bueno, mirá, no existís, digo, lo que quiero decir, es que vos existís para mí de una manera distinta a la que existís para los otros, o sea, vos existís en mi mente de una forma y en la realidad, no es que existas o no existas, sino que existís de otra forma. Perdoname, me parece que estoy haciendo un lío bárbaro, un mejunje de palabras, ¿se escribe así? Ah, el corrector automático, las fallas ortográficas blanqueadas, bendito procesador de textos. ¿En qué estábamos? Bueno, olvidá lo que te dije, rebobinemos. Imaginá un matrimonio. Así nomás, un matrimonio cualquiera. Él es escritor, y ella, en cambio, no es que odie la literatura, pero, no lee mucho, o no lee tanto como lee su marido. Una noche, ella se despierta y ve que su esposo no está en la cama. Se levanta, va al comedor y lo encuentra a él escribiendo. Ahora bien, yo me pongo en el lugar de ese tipo, que apenas nota la presencia de la mujer en el umbral, voltea la cabeza, se encoje de hombros, tiene una reacción rara, un acto de pena, como diciendo ‘ay, Leonora, Leonora, tienes que soportar tanto de mí’. Porque, pensalo, y voy a este punto, ¿quién se casaría con un tipo que en la apoteosis de la medianoche es fulminado por la repentina idea de una novela de trescientas páginas? Bueno, yo soy esa clase de tipos, de almas a las que se le ocurre una idea, sea buena o mala, en medio de una charla trunca, y queda así, pensativo, llega a casa, tira la mochila al sofá, agarra la birome y escribe. Y no sé si vas a tener paciencia conmigo, o si vas a estar acuerdo con todo lo que escriba, me gustaría mucho saberlo, hablarlo con vos, si existieras, claro, si existieras, no sé, invitarte a tomar un café, ¿por qué tiene que ser un café? Puede ser un mate en el jardín de tu casa, o en la mía, una tarde de este otoño que no sea tan fría. ¿Te parece? Pero, en realidad, esta invitación es un disparo a la nada, porque le estoy hablando a la pared, porque lo único que hago es imaginarte sin rasgos, en blanco, verte contra la cara del espejo, fingir que le hablo a alguien que tal vez me rechace, a alguien que tal vez no exista, a alguien que es hipotético e invisible, ¡uy, cómo arde ese zarpazo de tigre, ese corte facial!

¿Sabés lo que es una apoteosis? No sé por qué me colgué en esta palabra. Bah, para eso están los diccionarios, no te quiero atosigar con neologismos. ¿Lo ves? Otras dos palabras raras: atosigar, neologismo. ¿Ves lo que quiero decir? Me da como cosita hablarte, porque yo soy así, tengo arranques de cultismos, así como los carbones del asado escupen chispas al aire, yo no tengo la culpa, es inherente a mí. ¡Otra vez! Inherente. ¿Quién usa esas palabras hoy en día? Mirá, ves, yo también tengo vergüenza. Vergüenza de ser yo delante tuyo. El corrector automático me acaba de borrar ‘delante tuyo’ y lo cambió por ‘delante de ti’. Pará, Word, yo voy a escribir como se me dé la gana. ¡Delante tuyo! ¡Sí, vergüenza es lo que tengo, lo que me sobra! Con vergüenza escribo esto, con vergüenza lo publico. Tengo tanta vergüenza que tengo que decir que no existís para que estés a salvo de los inquisidores, de las glosas de mis amigos, del interés de mis enemigos, porque sí, los tengo, aunque no quiero contarte mucho sobre eso, soy un imán de demonios. Ni siquiera sé si debí escribir esto, por favor, no me odies. No sé, no creo que vos deberías dejar de existir, pienso que soy yo el que debe borrarse a sí mismo, torcer los sentimientos, no empecinarme en alimentar el agujero negro de mi corazón con torpes ilusiones. Porque yo me ilusiono, sabelo, y de tanto soñar puedo transformarme en una pesadilla. A lo mejor soy un fastidio para vos, o un pusilánime, o un bobo. Si te molesto, parame el carro, rompeme una pierna, decímelo, con confianza. Pero, no sé, como vos no existís, o sólo existís en este texto, en este soplo de tinta, entonces... ¿Qué respuesta puedo esperar?

Debería dejar de pensar en qué es lo que diría a esa chica que podría gustarme, en derretirme en discursos decadentes. Debería cerrar esta ventana y ponerme a estudiar, a escribir ese cuento que le prometí a Roland y no lo hice. Debería dejar de pensar en vos cada vez que el colectivo tarda.

Bueno, che, nene, despabilate, que viene el bondi. Acordate, escribilo en letras mayúsculas, para que nadie sospeche: ESTO ES SOLAMENTE UN RELATO DE FICCIÓN.


“¿Cómo demonios hacen ciertos hombres
para detener a una mujer,
para entablar conversación
y hasta para iniciar una aventura?”
Ernesto Sabato, ‘El túnel’.

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