domingo, 7 de junio de 2015

El final de la espera



‘Esperar no es un trabajo pasivo ni paciente.

La espera debe ser intensa, llena de deseo, llena de intención...’



Márgara Averbach. ‘Los Cuatro de Alera’.





Pero, ¿qué sucederá cuando la espera se apague? Los pájaros suspenderán sus uránicas peregrinaciones cuando la ‘indicada’ rezuma su sutil sombra en la escena; hasta las estrellas de los relojes dejan de guiñar. Entonces, cuando el conjetural amor de tu vida se clava caprichosamente en la parada del colectivo, descoyuntando hojas de silencio con la suela de sus dientes, ¿qué hacés?



Todos sufrimos esto. Ese martillazo al sentido común que desarticula el ritmo de los pensamientos, ese balde de escalofríos que se desliza por la garganta, esa condensación del alma que coagula las telarañas del sistema circulatorio hasta dibujar un acuífero de sangre congelada en el mapa de tu cuerpo.



¡Qué atronadora experiencia la del enamoramiento! ¡Qué imprevisto desarreglo de los sentidos! ¡Qué rosa soberbia fuertemente ataviada de multicolores pompas y espinas que muerden la gentil palma del que la contempla!



Pero, ¿y si le dijera, lector, que este bricolaje de latidos desfasados es el preludio a una sofisticada y transitoria mentira? Sí, el amor a primera vista no existe; no rebajes a Eros a mero fantoche con pañales que escupe dardos con las manos. Es bajo nuestra voluntad –y, para quienes deseen creerlo, la de la Providencia cuyo ojo pistolero nunca falla– que se escribe el primer capítulo de una oda o el fracaso de una novela de folletín partida por la mitad.



¡Tardíos de entendimiento los que imaginan que sus pasiones saltan como caballos rabiosos fuera del tablero del Destino! Que entre, nomás, la Razón al laberinto de la Historia y escrute el diseño de sus galerías. Esa muchacha de ígneos labios y fulgurantes mejillas, esa esquina trabajosa que las lluvias y los párvulos limaron, esa arritmia que te barre a contrapelo el airecito de tus alveolos, esa casualidad de compartir la asfixia del mismo trayecto... Este racimo de pormenores no es más que el resultado de una serie de acontecimientos aleatorios cuya curiosa combinatoria posibilitó tu acceso a los ojos del ángel. Si el fundador de la ciudad hubiese repartido las manzanas en una geografía diferente, si los colectivos nunca hubiesen existido, si ella no hubiese disparado su currículum vitae en esa sucursal que queda donde el diablo perdió el poncho, si vos no te hubieras emperrado en salir de tu casa para concretar un trámite que no alcanzo a ver con mi mirada de escritor... ¡Decime, che, si esto no es milagro!



Considere esto, este truculento y exacerbado rejunte de azares, cautelas y obstinaciones. El amor no es un rayo que te parte la cara. A mí no me basta con el mero sentimiento para explicar cómo mis padres se enlazaron en santo matrimonio. El sentimiento de por sí no vale nada en la trama de la historia. ¿Cómo se lo explico sin parecer cínico? Incurro en el feo argumento de la comparación y la analogía. Coloquemos a los cobardes y a los valientes en la balanza. El melancólico se sienta en una barra mientras se traga el tarro de cerveza pensando en todas las veces en las que pudo robarle un beso a la novia que nunca fue; el verdadero enamorado, empero, no se atrinchera en el abismo de la emoción. Se arriesga, se la juega, se banca todos los latigazos de Lucifer hasta el final del partido. Se arriesga tanto que ve casi sin querer en las uñas pintadas de su amiga el anillo de compromiso, el bautismo de los hijos y las facturas de la casa en la que van a habitar. Todo en uno, el combo completo, con todos sus ajenjos y dificultades.



Me acusarán de tener una visión chapada a la antigua. Sus acusaciones son enteramente justificadas. Si tenés una fija en el hipódromo, si sabés que el número del victorioso corcel te acompañará en toda la carrera hasta tu vertiginoso ascenso económico, ¿cómo no apostarlo todo?



Ojo, no estoy diciendo que pongas todas las cartas sobre la mesa a la primera punzada de suerte. En el camino de la oca se pisan todos los casilleros sin quemar etapas. Lo que digo, lo que dicen todos, lo que los insensatos olvidan y los cobardes lloran, es que nadie puede ser ciego a la luz de la fortuna. Ya lo conjuran los pentecostales en su benévola jerga: hay que arrebatar la bendición...



Mirá, no se trata de llenar de azúcar la taza de una mujer, coleccionar besos y comprar un zoológico de felpa el Día de San Valentín. Se trata de tu vida. De jugarse la piel y los huesos por una felicidad. De arriesgar el destino, desenrollar tus sueños y enroscarlos en las muñecas de tu amada.



Pero, ¿cómo encaja la escena del enamoramiento en una empresa tan seria? El comercio de miradas, el intercambio de saludos, ese tetris de coincidencias. Apenas son las esquinas del primer casillero. Si querés algo verdadero, tu esfuerzo, tu amor, tu sacrificio, tu ser entero tiene que ser verdadero también...



Hace falta mucho más que palabras bonitas para dar inicio a un romance desde una parada de colectivo. Un consejo descabellado: elegí ser feliz. Si Dios te susurra al oído el nombre al cual tenés que apostar, hacele caso. Él sabe mucho más que yo acerca de estas cosas. O, si no, cerrá la ventana y olvidá este sermón solitario.



Después de todo, ¿qué puede saber un poeta acerca de los avatares del amor?

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