viernes, 19 de junio de 2015

El silencio de la noche



–¿Segura que no querés llamar a un remis?

–Sí, segura.

La reunión terminó a las nueve y media. Veracruz e Immanuel se despidieron, hundiéndose en el Sur. Entré a casa.

–¿Por qué te pusiste triste? –preguntó mi madre.

–¿Eh? ¿Qué? ¿Yo? Yo no estaba triste.

–Yo te vi que estabas... –dijo ella, subrayando con el ‘yo te vi’ su calidad de testigo.

–No sé, debió haber sido lo que dijo ese hombre, acerca de que estábamos angustiados, en problemas...

–No, no fue eso. Fue mucho antes.

–No sé, no... Yo no estaba triste...

Se cortó la luz.

–¡Ay, no! ¡Veracruz!

El sagrado nombre rebotó contra las frágiles paredes. Había solo una vela en toda la casa. Eso bastaba.

De pronto, unos golpes.

–Llaman acá...

–¡No abras la puerta!

Mi madre toma un abrigo.

–Dame la llave...

Salimos.

Veracruz e Immanuel habían caminado dos cuadras cuando el mundo se apagó. El hogar de los Torreblanca se erige al Oeste, más allá de los límites de mi barrio. El miedo y la noche dilatan la distancia. Las sombras argentinas son peligrosas.

–Menos mal que se volvieron.

–Les preparo un té.

A los pocos minutos, un coche blanco se detiene ante nuestro portón.

–¡Es Pax!

El hermano de Veracruz no ha venido solo; también Roma lo acompaña.

Nos saludamos. El coche blanco desaparece.

Vuelvo a la cocina. Tres tristes tazas de té sobre la mesada. Una de ellas, vacía. Miro las otras dos. Tomo una de ellas sin culpa. El té está frío. Lo trago todo de golpe, lo apuro, siento un puñal de agua en el estómago.

Una patrulla recorre la calle a toda velocidad; más tarde, creo oír un tiroteo.

Ojalá los Torreblanca hayan llegado bien a su casa. El silencio de la noche me dice que sí.

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