sábado, 6 de junio de 2015

Fragmentos de una amapola



A ella le gustaba ver Criminal Minds y propagandas de perfumes. Sus espirales de grafito atraviesan en el recuerdo el trémulo papel de mis ojos. Su debilidad por los camafeos, el ambárico rastro del crepúsculo en sus labios, el nombre de su libro favorito, el hábito de mentirnos mutuamente. Hoy sólo me quedan pedazos de ella, las letras de la moraleja flotan en la sopa rota. No me duele decir que no la extraño, me duele no saber si es crueldad o miedo tratar de convertirme en piedra. No temo la infamia; ella jamás leerá esto.

El punzón de mi pasado me pincha la nuca. Sangro por detrás, contra la pared, a oscuras. Tengo la espalda roja. ¿Quién puede limpiar tanta sangre? ¿Qué leona medicinal me lamerá las heridas?

El amor es una ficción que se escribe de a dos. Los estilos armonizan sin pugna, al compás de las páginas compartidas. Ella quiso ser musa, yo quise ser editor. Éramos rigurosamente incompatibles. Pero la mentira era tan dulce que nos levantábamos con los guiones aprendidos de antemano. No hubo pelea que no haya sido ensayada previamente: ella mentía, yo contestaba, nos disgregábamos y reconciliábamos. Imposible salir del escenario que habíamos fabricado. Mi experiencia en el amor, así como mis inicios en la cristiana fe, no fue sino una serie de episodios traumáticos y amarillentos.

Sacrifico el desenlace trágico; visibles son los resultados.

La China Suárez habla de Abzurdah en televisión. Me pregunto qué hubiera sucedido conmigo de no haber cortado ese cable que me apretaba el cuello, esa soga que me ataba a la locura. Me pregunto si algún día repetiré la hermosa estupidez de enamorarme.

Mientras tanto, la espera continúa.

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