viernes, 5 de junio de 2015

La canción del Ruiseñor Rojo



No sé bajo qué caprichos del corazón mis manos se prestan a escribir un análisis de mi condición amorosa. Estoy solo. Una soledad que cansa y no cansa. Un círculo de sal que no quiero borrar. ¿Por qué? No sé. Los hábitos y la cobardía mantienen en pie los barrotes de mi hermosa jaula. La caja de carne que late entre pulmón y pulmón es un tigre que ronca a través de mi sangre. No es una filacteria con versos de amor. Mas hoy, en la apoteosis de la noche caliente, presionados los resortes del alma en conversaciones clandestinas, con mi tenue voz articulando artificiosas prestidigitaciones en el laberinto de mis evangélicos himnos, pienso...

Pienso en el amor. El tema negado en mi literatura. Lo que mis manos callan. Lo que mis dedos obvian. Lo que mi boca ignora.

¿Amor? ¿Qué es el amor? Estoy harto de no pinchar la piñata del misterio con el martillo de mi lengua. Puedo meter las manos en los bolsillos, decir que el amor es un ave de alas anchas cuyo vuelo sacude las aguas entre una madre y un hijo o un artista y su profesión. Sí, puedo hacer eso. Construir un escudo de palabras, dar un paso fuera del jardín de las delicias, arruinarme la fiesta. La vida es un camino por el que no se puede andar con una máscara. No se puede ser feliz sin amor. Lo tengo que admitir. Tantas veces me hice el duro, jugando con los dados de la indiferencia y calzando una cara de póquer tan sólida como un castillo de papel crepé. Enfrascar lágrimas grises en un frasco secreto no sirve. El hombre sufre por amor. El tango exalta lo que el disimulo esconde. Esos intervalos varoniles en los que uno se muerde el labio ante la visión de una parejita porteña que entremezclan caricias bajo la pollera de un paraguas a través de una tormenta urbana. ¿Usted cree, lector, que esa aguafuerte cotidiana, que esa instantánea nebulosa, que ese grabado de fuego invisible, no me quema la garganta de pena?

Los cristianos tienen un consuelo: el determinismo y la paciencia. La Biblia nos raja la cara con sus consejos. Masticás versículos como el enfermo crónico que mata aspirinas a dentellada limpia en el clímax de la jaqueca. Te sentás en la sala de espera, en un hall sin revistas y sin muebles. La espera está llena de ansia, ansia que el discurso de los sabios amedrenta y el calor de los amigos enfría. Y te armás de paciencia, y esperás, y cruzás los dedos, y clavás una mirada sin lascivia en todas esas mujeres que raspan las veredas de Caballito con sus odiosos tacones; porque te das cuenta de que querés algo que tu cuerpo no quiere, de que no querés una cama o un beso, de que no querés enroscarte en sábanas ajenas o perderte en callejones de los cuales no vas a salir...

Y esperás. Sí, te morís de aburrimiento, y las moscas de la impaciencia quieren dejar sus gusanitos en tu cuero cabelludo, y la soledad es un tigre de nostalgias que te mete el zarpazo cuando viajás en el tren. Te endurecés un poquito, reculás cuando el hundimiento del Titanic explota por enésima vez en la televisión antes de cambiar de canal, cerrás el puño, te tragás las ganas de escribir sonetos, no querés que nadie se dé cuenta de tus enamoramientos. Ni bien sientas el roce de la flecha de Cupido, te vas, te refugiás en tu carpa de sueños, te desinfectás la herida con yodo, te llenás de gasas las costillas para que no se note la respiración truculenta, y seguís. Y a escribir otra cosa. Ni se te ocurra escribir sobre ‘eso’, no sea cosa que la gente piense que tenés mariposas en el ombligo. Tenés que acordarte que tenés tripas en el abdomen, y no sentimientos. Porque los poetas de todos los tiempos, tarde o temprano, pecan de románticos, pero vos, ¡no! ¡Cómo voy a escribir así! Me da fiaca enamorarme, sentir algo por alguien, ni da...

Pero te mentís. Te ilusionás. Te fabricás antipiropos: no querés rimar la rima de los guarangos, de los albañiles, de los marineros de antaño. Con las tenazas de la mente buscás la aguja en el pajar. Fantaseás: no es la fantasía de los párvulos o los pornófagos la que hallás en la biblioteca de los imposibles. No, tus ensoñaciones son más simples, más humildes. Mirá, ahí está, la chica que te gusta, ponele. En un banco de plaza, un pulmón verde lleno de niños, ella leyendo un libro, o esperando a alguien. Y te la cruzás, matás el silencio a quemarropa con un saludo previsiblemente torpe, hola, cómo te va, bien, ¿vos?

O la sorprendés con un bombón o un ramo de flores; le dejás una carta anónima, le robás un beso en la mejilla, le hacés un gran favor para recibir un abrazo, nada más... No me mirés así. Sí, a mí me gustan esos detalles. Soy blando y agridulce como un muñequito de chocolate con gotitas de coñac.

¡Ignóreme, lector! No hay lugar en este país para los románticos. Me resisto a la ciencia de “levantar minitas”, ¿por qué será? Será que no tengo agallas para ser una figurita repetida. Y eso que tuve mis pequeñas manías, mi prontuario secreto, mis crímenes pudorosos, mis accesos de histeria, mis musas inconquistables.

Bah, ni me quiero acordar de eso, ¿sí? Sólo quiero pensar en lo que me pasó esta noche, en el rayo que me abrió las neuronas. Estoy en la iglesia. Llega la cantante, una charla rápida con el guitarrista, crujido eléctrico de cuerdas. En minutos se desempaqueta una canción con estribillo desafortunado.

No puedo más... resistir... este amor... que está dentro de mi corazón...

El himno está dirigido a Dios. La voz del ruiseñor rojo que bajo la furia de las luces blancas ritmos invoca llena está de sonoro esplendor y virtuosismo. Algo me pasa. Algo me pasa a mí. El sentimiento raro de un clavo que falta. Algunas sillas vacías me llenan de un no se qué que hiela mis huesos; un hombre vestido con un uniforme caquí que se desarma en conmovedores llantos. Bueno, ahí está Veracruz, y acá está Immanuel, y allá Roland. Todo en orden. ¿Entonces?

No puedo más... resistir... este amor...

‘No me voy a quebrar por esto ahora’ pienso. Y tengo razón. Me la aguanto. Me veo en la sala de espera. Sigo esperando. Sin revistas, sin una mesita de cristal, sin sucios ceniceros. Las agujas del reloj te dibujan cosquillas en los tobillos. Esperás. El mal recuerdo de una chica a la que creías amar te patea la conciencia. Te la bancás. Porque sabés que Dios está del otro lado de la pared y tiene una bandera con tu nombre. Si leés las líneas del cuaderno de tu alma te das cuenta de que no podés pisar las hojas secas de un paraíso cuyas puertas están cerradas. Ya va a llegar esa lluvia, ya va a llegar. Cuando llegue el momento, vas a intuir cómo disparar el penal.

Soy así. Un poco nostálgico. Pero concienzudamente espero. Aprendés a sobreponerte de los espejismos de la soledad. Che, pibe, deja de soñar y empezá a vivir. Madurá un poquito. Mirá que si pasa el tren y lo perdés, la culpa tuya va a ser. Y bueno, amigo, ¿qué puedo hacer? Escribí, hombre. Escribí ahora. Cuando te enamores y conozcas la felicidad, no vas a querer escribir nunca más. Cuando uno es feliz, no escribe. Aprovechá la medianoche, que hay gente que te sigue leyendo.

En algún lugar del pasado, el Ruiseñor Rojo deja de cantar. Todos aplauden. La reunión termina a las diez. En el vestíbulo me congrego con Veracruz, Immanuel y Roland.

La canción sigue sonando en mi cabeza.

No puedo más...

Esperá, pibe. Esperá un poquito más.

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