sábado, 13 de junio de 2015

La esquina de mi tristeza



A veces, al salir de casa, elijo perder un colectivo. Sólo cuando tengo la absoluta certeza de que llegaré a tiempo a mi destino, en esas raras tardes de feliz melancolía en las que el mundo me parece un lugar maravilloso. ¿No le ha sucedido, lector, que en el decurso de una inspección a un álbum de fotografías ha hallado una imagen especial que lo remite a un momento placentero de su vida y detiene los ojos unos segundos sobre la lámina de colores impresos para saborear ese recuerdo recuperado? A mí me pasa algo parecido con mi barrio. Una especie de encantamiento de serpiente, una parálisis del tiempo. Entonces, una vez clavado fatalmente en la intersección, dejo que el colectivo se vaya.

Estoy solo. El resplandor ulterior del crepúsculo se enrosca en mi nuca. La calle, los árboles, las casas, los pájaros, los autos, los perros, los vecinos. Todos los detalles de esta gigantografía panorámica a la que llamamos rutina dejan de ser sustantivos muertos. Hay un instante del atardecer en el que todo se transforma: el sol llora sangre, las ventanas reciben una lluvia de oro, el silencio es puro y sobrecogedor.

Alguna vez, Andrómeda comentó que le gustaba ver el amanecer, que prefería el alba a la oscuridad. Yo, en cambio, me rindo ante el lenguaje persuasivo de las estrellas, las menguantes lunas o las violáceas tormentas. No sé por qué me acuerdo precisamente de ella, es un pormenor que la caprichosa memoria me devuelve, una carta elegida al azar en un mazo de imágenes dadas por la experiencia. Uno de mis vastos defectos: detenerme demasiado en los detalles, reflexionar sobre hechos que jamás sucedieron, enamorarme de la noche. Hago un esfuerzo mental para regresar a mí mismo, a la llanura de la realidad. Encuentro la misma esquina, el mismo poste de luz, la misma calle, el mismo cielo, el mismo mundo. Algo ha cambiado. Han transcurrido unos segundos. Sigo esperando.

Estoy solo. Estoy triste. Seguramente, hay alguien del otro lado que piensa: ‘Pero los hijos de Dios no están tristes; la tristeza no es de Dios’. No quiero discutir el peso de esta lógica. Que la aflicción no sea uno de los atributos de la Divinidad no significa que sea un sentimiento externo a los territorios del corazón humano. Necesito sentirme triste. Sentir en mi tristeza la tristeza de los otros. Si yo acumulo lágrimas en el bolsillo de mis párpados, exploto. Hay momentos en los que puedo elegir cuando llorar. Pierdo el colectivo, espero unos minutos, dilato la duración del viaje. No lloro con los ojos, lloro con el corazón. Una guitarra cruje dentro de mí, encendiendo la sangre con la chispa de una rima cardíaca. Me ves desde afuera, crees que hay una sequía en mi mirada, no me conoces; pero, en el interior de esta jaula de carne, el tigre se lame las heridas. Soy feliz, sí. Feliz en la plena experiencia de cada una de mis emociones. No es una felicidad vacía, no es la inútil circularidad de una alegría absurda, no es la filosofía descerebrada del buscador de autoayudas.

No.

Me miró a mí mismo y me recuerdo quién soy, de dónde vengo, todo lo que sufrieron mis padres para preservar mi propia vida. Cada quién tiene su propio concepto de felicidad; para mí, felicidad es saber responder la más trágica interrogante de nuestra existencia.

‘¿Quién soy?’

Mi destino no es la pizzería o la facultad. Yo soy mi propio destino. Sin importar cuántas veces pase, el colectivo no me lleva a ninguna parte. Renuncio a él, al símbolo por excelencia de la cotidianeidad argentina. ¡Se va el 504! Y bue, por mí no hay drama, me tomo el otro.

No me desespera la espera. Me desespera la soledad. Una soledad imaginada, una soledad que no tengo, una soledad que debo romper.

El círculo de sal se está borrando.

¿Llueve? No. Allí está el sol. Y, sin embargo, sí, llueve. Llueve dentro de mí.

Otro colectivo me obliga a despertar, a retroceder hacia la realidad. Hacia la vida. Me pregunto inútilmente si algún día veré a Andrómeda haciendo eso: observar el amanecer.

La respuesta: no. Aunque, tal vez. No sé por qué pienso...

No estoy solo.


“Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar.
Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer.
En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.”

Jorge Luis Borges, ‘Funes, el memorioso’.

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