viernes, 26 de junio de 2015

La prostituta de vidrio



No hay televisión en la casa de Roland. Él tiene Internet. Él elige qué llevarse a los ojos. No lidia con la hipérbole de los bloques comerciales o el oxímoron de un reality show. Roland existe fuera del imperio de cristal líquido. Como los personajes de los relatos de Quiroga, depurado en conocimientos técnicos y antisoledades australes, es feliz y habita el territorio selvático de lo salvaje sin perder su carácter de hombre civilizado.

A mí me da un gramo de vergüenza comprobar que se puede vivir sin la caja boba. Yo, al igual que miles de millones de personas, estoy un poquito hundido en esta burbuja de información cuya superficie frágil y acuosa se expande hasta reventar en esquirlas de colores: la pecera de los medios de comunicación. Todos, o casi todos, flotamos en un mar de electricidad negra. No pienso criticar a la televisión. Yo veo televisión; usted también, probablemente. Ninguno de los dos es un caníbal. No soy quién para tirar la primera piedra. El objeto no es maligno en sí mismo. Pero, en las manos del diablo, la televisión es un revólver ideal para matar neuronas.

Rememoro una actitud que el argentino se subraya delante del espejo: nosotros renegamos de Marcell Telemundi, como si fuera la encarnación de todos los males, el Anticristo de cristal que preside la conjura de los necios. Aullamos de rabia a la hora de comer, pero nadie quiere cambiar de canal. Y aún así nos quejamos de la televisión, esa extraña ramera a la que acusamos de adulterio los fariseos de la postmodernidad, esa prostituta de vidrio a la que cualquier anillo le viene bien para lucirse en el callejón de los sensacionalismos.

Eruditos de la farándula, críticos de canto, politólogos sin licencia, detectives de policial negro, fiscales en chancletas, técnicos de fútbol, economistas clandestinos, testigos de accidentes, todos en la mesa del tío los domingos de carne. Se habla de todo lo que pasó por televisión. Lo que acontece fuera de la pantalla no existe. Hablar mal de otros miembros de la familia, el fácil hábito de la murmuración, no cuenta.

La última vez que comí asado con los habitantes de la casa hablamos de la locura. Mis padres toleran de buena gana mi esoterismo sociológico. Intenté infructuosamente elaborar una clasificación de los diferentes niveles de locura visibles en nuestro linaje. Mi genealogía de esquizofrenias no pasó de tres individuos: mi hermana, mi hermano y yo. La conclusión: somos una familia de artistas, indiscutiblemente. El arte y la locura, cifras indisolubles de una ecuación misteriosa. Pero nuestras conversaciones se ramifican en otros derroteros: a menudo nos preguntamos si nuestras mascotas están dotadas de eso que llamamos “conciencia” y cómo la fauna doméstica encaja en nuestra íntima cosmovisión a través de rimbombantes ejercicios de filosofía casera sin Nietzsche. Sí, ése Nietzsche, Dios está muerto, lo que digas, pero en mi casa está vivito y coleando, y tiene forma de hemiciclo estrellado, de luciérnaga secreta en una lata de arvejas.

¿Ves? A eso me refiero con vivir sin televisión. Razonar fuera de la cadena de montaje, fabricar ideas fuera del principio de la sopa instantánea. No echarla la culpa de todo a los gobiernos. El mismo río corre bajo otros puentes. Tratar de desatornillar el sentido común y ver qué es lo que hay dentro de la marejada de presupuestos que el diario devenir nos dibujó en el pecho. Escapar de la pseudocultura del “llame ya”.

Si usted tiene eso que creo que tienen mis mascotas, entonces, mire la televisión sin culpa, y arranque de la programación lo que a usted le sirva para vivir o entender mejor el mundo. Porque la comunicación no se produce solamente con emisores, hay receptores del otro lado de la sala de estar que reciben el escupitajo de imágenes que les arrojamos. Elige tu propia aventura, lector. Puedes cambiar de canal, desviar la mirada o apagar la televisión. Ahora, si el receptor está dispuesto a tragarse cualquier manzana podrida para llenar el vacío de aquello que llamamos vida, pues... eso es harina de otro costal, ¿no?

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