miércoles, 3 de junio de 2015

Prólogo a junio



Tengo dos nombres. Tal vez tres. Eliot escribió que los gatos tienen por lo menos tres nombres. No soy un gato; quizás, el día de mañana, junto a mi escritorio y a la computadora en la que escribo mis marginales opiniones, aparezca uno. Un ser gris, robusto, de ojos profundos. Lo llamaría Eliot. Ignoro por qué comienzo de esta manera este prólogo al mes de junio. Como los malos comediantes, me aferro a los torpes juegos de palabras para ganarme la confianza o la misericordia del auditorio. Espero haberlo logrado.

Julián Contreras. El primer nombre. Un chico simpático. Evangélico mas no riguroso; universitario mas no intelectualoide; reservado mas no silencioso, alegre mas no jubiloso. Sencillo como la cara de un dado, hondo y a intervalos inescrutable como la nuca de una luna. Al menos, ésa es la imagen que creo tener de este muchacho. El rostro del otro lado del espejo de la pieza en la que duermen sus hermanos es el de él. A veces sonríe. A veces no. A veces me parece un perfecto desconocido. He aprendido a no odiarlo, a quererlo un poco. Un buen chico.

Sombra Azul. El segundo nombre. Mi nombre. El nombre del escritor. Una sombra de Julián. La cara más oscura del dado. La firma detrás de todas estas opiniones marginales. Un mito. Un verbo mal conjugado. Un mal chiste sobre el cual se monta este vasto juego de representaciones, la pata rota de la mesa en la que descansan más de doscientos suspiros de tinta. El adjetivo de una locura que no fue. Una válvula de escape. Un tigre encerrado en su jaula de versos. A veces soy muchas cosas, o ninguna. A fin de cuentas, no existo sino en la mente de los lectores. Una mentira. Soy, en todo caso, el narrador de todas estas historias.

Tengo un tercer nombre. Sólo Dios lo conoce.

El signo del gato corta el mes de junio, el mes es un florero de sueños. El minino adoptado por mi hermana ejecuta su impune siesta en una de las sillas del comedor. El dolor me muerde la cintura de tanta mala postura, de tanto bailar un tango inmóvil de posiciones sedentarias sobre la silla de fierros desde la cual pulso teclas sin parar hasta parir mis párrafos sin sangre.

Algunos Distintos vendrán a casa mañana; ni siquiera se me cruza por la cabeza la idea de barrer, de lustrar los muebles histéricamente con químicos antibacteriales. El aire de junio me llena los pulmones, el frío frota sus escamas de hielo contra las ventanas, el país se prepara ante el florecimiento de nuevas manifestaciones, el ojo de la televisión desdibuja muertes con sus lápices de cristal.

Tomo una taza de café. Me estiro en mi pequeña estatura. Escribo. Me siento vivo. Me siento a salvo del mundo. No todos comparten mi suerte o mi destino. Escribo por ellos. Pienso en ellos. Me entristezco. Es una tristeza necesaria, una punzada suicida del pensamiento. Hay una razón por la cual tú escribes y yo no, ¿verdad? Tú me escribes, lector; me escribes con ojos cuyo color jamás desnudaré. Me imaginas, me prefiguras solemne y blando, me retratas, me evocas...

Mis lectores también son escritores. No soy yo quien escribe para ellos. Ellos me escriben a mí. Al pensarme, al imaginarme, al recordarme, al leerme. No soy un poeta, soy un poema. Un poema que escribieron mis padres, mis hermanos, mis amigos, mis enemigos, mi patria y mi Dios. Un poema que continúa escribiéndose hasta el día de hoy.

Gatos, dados, espejos, lunas, Distintos, tigres, tazas de café.

Así comienza el mes de junio. Con un tigre que, encafeinado y ligeramente romántico, se muerde la cola.

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