domingo, 19 de julio de 2015

Ámbar dominical



Los domingos son hermosos para mí. Blancos, íntimos, siseantes, tenues. Como una serpiente de vapor que florece en la boquilla de la pava que inicia la ceremonia de mates. Dentro del reloj de mi pecho siento que el domingo se termina al mediodía, cuando todos los pájaros vuelan hacia el oeste. El resto del día, la mitad oscura del cuadradito del almanaque que da inicio a la semana, es el mero prólogo de un lunes cualquiera.

¿Qué otra cosa puedo hacer los domingos sino cantar? A pesar de las pesadumbres matutinas, los pedacitos de sueño colgando de los herrumbrados párpados, las arideces de una voz quebradiza. No es sólo el ritmo del sol que raya la sangre dentro de mis labios lo que me hace feliz.

–Felicidad... Felicidad... –me digo a mí mismo cuando me pongo de pie. Y dejo que mis pulmones se llenen de eso que vos me provocás cuando te veo.

Es fácil cantar cuando uno es feliz. Ser feliz y cantar son mis únicas obligaciones. Obligaciones que no son obligaciones, obligaciones que disfruto. Escribir, en cambio, es un derecho, un punto de resistencia contra la normalidad, una palanca que elijo accionar para frenar el tiempo a voluntad.

No pienso mucho en qué voy a escribir los domingos. Sólo quiero cerrar los ojos, cantar lo que tengo que cantar, bajar del escenario que la Providencia montó, esconderme en la multitud, fundirme con el metal derretido del aire. Lucero de la mañana, teme mi hambre de luz, una estrellita al rojo vivo soy, una constelación. Un caldero chorreante de risas, un saco de juventud caliente que exuda el misterio de la alegría a través de los poros; crepitante jubileo, cristianamente cortazariano, rareza occidental de barrio, hijo del delirio. En esto me transformo cuando me desperezo de la crisálida del sueño; después de un martillazo de agua vaporosa, se eleva invertebrado el milagro de la vida en vuelo angelical.

Todo lo que siento, todo lo que soy... Me vacío de mí para llenarme de vos. Rimás con mi voz, y somos dos los que cantan, los que juegan, los que viven.

Eso es lo que siento cuando me ves, cuando escarbás con las garras de tus ojos transparentes la tierra fértil de mi alma: vida.

Los dos colmillos de la brújula del tiempo muerden el norte. El domingo se cierra como un sobre. Me despido de mis pajaritos preferidos, que han dejado presurosos un rastro de plumas sobre la última esquina que aplastaron sus pies, ¡chau, chau, corrientes de alas soñadoras, nietos del aire celeste!

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