sábado, 18 de julio de 2015

El caballero de la mesa cuadrada



El hombre besaba su mano como si ésta hubiese sido enguantada con la misteriosa seda de los dioses olímpicos. La mujer, vestida de rojo, con los labios notoriamente pintados, lo miraba. Esta escena transcurría junto a la ventana del primer piso de un restaurante ubicado en la intersección de San Pedrito y Rivadavia, mientras yo, con mis ojos intrusos tratando de escapar del interior del colectivo, intentaba mantenerme de pie dentro de la enorme lata de sardinas que debía llevarme a casa.

A mí me gusta subrayar a estos anónimos amantes en los espacios públicos por la sencilla razón de querer demostrar al género femenino que no todos los hombres son iguales. Que todavía existen los caballeros; no hay que caer en la equívoca trinchera de los príncipes azules, no.

A semejanza de algunos lectores de novelas policiales, me gustan los detectives chapados a la antigua, que caminan bajo la lluvia urbana empaquetados en un aire vintage. De la misma manera, a mí me caen bien los hombres de valores tradicionales, templados, sin demasiados liberalismos; porque de ellos aprendo algunos truquitos, no para “conquistar minas” –que, por lo menos en esta etapa de mi vida, es lo último que quiero o lo peor que puedo hacer– para reconstruir una moral que necesito y que se me oxida con urgente rapidez.

Yo crecí leyendo cuentos de hadas, acostumbrado a que el corazón de un hombre y el corazón de una mujer están destinados a chocarse tarde o temprano. Seré telenovelesco, un narrador de melodramas tal vez, pero a mí me gustan las amistades mosqueteras y los amores eternos.

Si tan sólo hubieran visto, en esos efímeros segundos en los que la luz roja del semáforo contuvo la respiración del colectivo, cómo aquel hombre besaba la mano de su amada...

Mas prefiero detenerme aquí, no aburrir al lector con mis vastas cursilerías. Aún existen honrados caballeros en la postmodernidad. Eso es alentador. Me garantiza muchas historias más por escribir y muchas lecciones por aprender. Porque nosotros, los efusivos y los torpes, a veces no sabemos cómo tratar con dignidad a las mujeres. Y metemos la pata hasta el Infierno... Pero, esa es harina de otro costal.

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