lunes, 13 de julio de 2015

El vendedor de anillos



Allí estaba. El hombre sentado en la calle, y los anillos junto a él. Llueve en esta noche fresca de tinta negra, de gotas de agua recién pintadas, de acuarelas urbanas, de tormentas impresionistas, de baldosas barnizadas con el efímero celofán de los aguaceros porteños; digo efímero porque el agua no dura para siempre, al menos no en la escurridiza materialidad de su estado líquido: se congela, se evapora, se condensa, se deja vencer por la gravedad o el viento, busca recovecos, elabora charcos, sugiere nieblas, alimenta riachuelos, tropieza con vidrios transpirados.

La ciudad se transforma. Muta. Metamorfosis. Desfile de paraguas, ejércitos de botas, tenebrosos impermeables. La tempestad establece su toque de queda personal en las avenidas, y pocos prevalecen en las esquinas.

Uno de ellos, el vendedor de anillos, agazapado bajo la vidriera de un negocio cerrado, está allí. Me ve. Lo veo. Brevísimo vistazo a quemarropa. Nada. Me alejo. Él sigue contemplando el paso de los transeúntes que no le van a comprar nada.

Aún así, sigue trabajando. Con el verbo conjugado entre comillas que no me atrevo a escribir, porque labura a la par de los abominados manteros; sin el amparo de los sindicatos, sin la seguridad de los muros de un establecimiento, es un blanco fácil para las palomas y las ventiscas del invierno.

A la intemperie, mordido por la ciudad y por la lluvia. Sin clientes. Constante, reducido a un detalle de óleo en colores fríos. Así lo prefiguro en la urbe violenta. Atrincherado entre las sombras, tratando de pescar un mango en los ríos de cemento. Junto a sus áureos accesorios que rezuman su ambarino resplandor en la oscuridad de Rivadavia, territorio de las muchedumbres que te comprimen y te estrujan los diurnos sábados.

Un adiós silencioso al vendedor de anillos. Sigo mi camino.

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