viernes, 10 de julio de 2015

Estrellas de aluminio



¿Te duele?

Sí, me duele.

-Gracias -dijo Roland.

La caja de bombones estaba vaciándose. Un cable enrollado en las manos de Andrómeda.

-¡Julián, Julián!

Me llaman.

La realidad viene a pedazos.

Me duele. Tengo las piernas destrozadas. Me siento en el borde de la cama y pienso. Pienso en lo bien que me siento y en lo que voy a escribir.

-¡Julián, Julián!

¿Quién me llama? Hay un puñado de jóvenes en el borde del escenario. Fotografía grupal. Una instantánea. Alguien sostiene un teléfono celular. Alguien aprieta un botón. Alguien captura el instante en el que una nube de cabezas sonrientes inaugura el clímax de la noche final.

¿Te duele?

Sí, duele. Arrodillarse, sonreír, inclinarse para la foto. Duele. Correr, jugar, saltar, cantar. Esos crímenes de guerra, esas rebeliones contra los planes establecidos, esos himnos que te rajan la garganta. El cuerpo erosionado. Soy joven. Pero mis células, a menudo, lo olvidan.

-¡Julián, Julián!

Alguien me llama. Estoy solo. No, no estoy solo. Roland y la Chica de las Mil y un Preguntas caminan junto a mí. ¿Bajo qué pretexto camino junto a ellos? No me acuerdo.

Duele. Pero sólo a veces, ojo, aclaro. Porque no estoy triste. Sólo digo esto. Duele luchar por una revolución invisible. Duele porque el cuerpo a veces se te llena de angustias, la carne se rehúsa a cooperar. Duele ver cómo los otros se revientan para tocar una canción de esperanzas. Duele conocer ciertos sacrificios tras bambalinas. Duele, es un dolor dulce, una herida pintada con azúcar. Duele, porque vale la pena reventarse las venas por una causa antes que abrírselas uno mismo por un insomnio absurdo.

¿Te duele?

Uy, sí, claro que me duele. Estoy tosiendo, una soga de calambres me aprieta las piernas. Sí, duele, pero, che, estoy feliz, estoy satisfecho con lo que hago.

Me duele. El cuerpo, digo. Claro que me duele.

Que me siga doliendo, entonces. Es tiempo de estrellarse contra la cuarta pared. De romper los barrotes, los paradigmas, los límites. Y de llegar al otro lado del mar.

La caja de bombones está vacía. Roland tiene un envoltorio de aluminio entre sus uñas. Andrómeda guarda el cable y se va.

Y la realidad se desarma entre mis manos.

¿Duele?

Sí, claro que duele.

-Chau -dijo yo, despidiéndome de todos.

Y nos disgregamos. Y la noche se vacía de nosotros. Y se llena de algo llamado ‘felicidad’.

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