viernes, 24 de julio de 2015

La voz de una rosa del otro lado del cristal



Hoy conocí tu voz. Una voz alegre, una voz con ganas de vivir, una voz que imagino punzante en las horas ácidas, una voz retobada cuando de discusiones se trata. Aunque tal vez no seas del todo así, y me llevo una fotografía equivocada al bolsillo. Han pasado unas horas y trato de reconstruirte. Y pienso en las imperfectas ramas de los árboles que te rodean, los anillos de miel en la palma de tu mano, los adoquines de una calle mágica. Esos diálogos imposibles de armar ahora, esos papeles que delataban tu condición de artista. Una playa, tres años sin poemas, un grueso pincel, unas clases de danza, un tío, una noche que no disfrutaste, una niña que se acercó al árbol y se fue. Y el sol que se ocultaba, y la sombra de un molino de viento que no creo que hayas visto, y tu rostro de perfil recortándose contra el crepúsculo, revelado el misterio de nuestras voces.

Y muchos se preguntarán quién sos, de dónde saliste, por qué escribo esto, qué fue lo que me arrancó de la casa una tarde de jueves.

Si a los ojos intrusos esto parece un enigma sin solución, que así sea. Minita loca, seguí bailando la danza de la vida, que el tiempo es demasiado ancho para angustiarse por las espinas de una rosa que nadie compró.

Enfadémonos con la realidad, nomás, que para los artistas como vos y como yo, es tan frágil y deleznable como un rayado cristal.

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