domingo, 26 de julio de 2015

Lado A, lado B

Andrómeda me miraba desde el otro lado de la mesa verde y supe a través de la puerta de sus ojos que había perdido la partida. Mis dedos, víctimas de un temblor indescifrable, desviaron el extremo de la vara de madera, golpeando la bola blanca de la peor manera. Había desperdiciado un tiro trascendental que nos condenó a Immanuel y a mí a la derrota. A él no le dolió tanto perder contra su propia hermana, y a mí me gustaba exagerar la situación, que ella dirigiera chispas de competitividad hacia mí. Lo mismo sucedió en el metegol: yo la miraba cada vez que la pelotita destrozaba las piernas de los jugadores de plomo. No le quise decir a Samsa, mi eventual compañero de aventuras, que moría de ganas de verla ganar. Había una expresión un poquito burlona, de ligerísimo placer, en su carita angelical. Ahora me muerdo los labios: acabo de elogiarla. Me prometí no hacerlo, hasta en eso me gana la muy afortunada. Todo es posible en el territorio de la ficcionalización.

Porque la iglesia a la que fui anoche es real. Existe a casi veinte cuadras del corazón de Merlo y ostenta el signo del león en su fachada. (Luna Roja la habrá visto una y otra vez en sus viajes a la estación ferroviaria casi sin saberlo.) Me reencontré con muchas caras familiares, pero ninguna tan familiar, tan visiblemente amabilísima, como la de Ivonne Clearwater. Ivonne, si acaso lees esto, y te reconoces, no temas; es mi manera de representar una realidad que me llega a pedacitos. Entenderás que mi mente funciona de una manera muy peculiar.

Ivonne Clearwater –si el sistema nervioso central no me falla– es la líder de jóvenes de la iglesia local. ¿No, Ivonne? Antes de que la caravana se retirara, nos encontramos efímera pero personalmente con la señora Clearwater. Un honor recibir la despedida de una pastora. Habrá lectores poco familiarizados con el mundillo evangélico o la idiosincrasia pentecostal, nefastos rótulos antiliterarios para referirse a las esferas sociales en las cuales suelo y quiero moverme. Podría decirse que es otro estilo de vida. Estoy en desacuerdo con el término. Es otra vida. No sé si me explico. Nada de lo que escriba podrá explicar la identidad que llevo dentro de las alas de mi Biblia rota.

Habíamos llegado a tiempo para la celebración de los primeros divertimentos. Ilustres miembros del grupo: los hermanos Torreblanca (Veracruz, Andrómeda, Immanuel, Pax); los hermanos Morel (Angus, Samsa, Nicodemus, Nathaniel); Guardián Gris, emparentado con la estirpe de los Morel; el pequeño Jericó, la Chica de las Mil y Un Preguntas. Y yo. Doce cristianos. Los hábitos de la Biblia y la lectura de Los cuatro de Alera reivindicaron la creencia de que los números de un ejército no son casuales, sino que constituyen el lenguaje secreto de los milagros venideros.

–Leí lo que publicaste... –me dijo, aunque no con estas palabras exactas, una chica de cabellos negros que anotaba nombres en una lista para algunos juegos grupales. Le di las gracias y sonreí. Todavía no me acostumbro a que el vecino se acerque y me diga: ‘Che, me encantó lo que escribiste sobre el vendedor de anillos y sobre la parejita que cenaba en un restaurante de la calle San Pedrito’. Ser leído, más que un halago, es un gran lujo. Tengo que habituarme a que otros ojos me lean.

Hubo acontecimientos mucho más significativos esa noche, de los cuales sólo puedo precisar unos pocos: una coreografía presidida por la misma Ivonne, que debido al notorio esmero y grato entusiasmo casi se quedó sin aliento; las profundas melodías del grupo musical que tocó en la reunión con la complicidad de un proyector que revelaba las letras de las canciones a los concurrentes desmemoriados como yo; y, por supuesto, la predicación de Zeta.

‘El último hijo de una familia numerosa’, podría decir. Esto no resume la historia de Zeta. Aquí los lectores perdonarán los incurables defectos de un escritor que no explora demasiado el género discursivo de la predicación. Yo recojo impresiones, no verdades; todo lo que aquí se lea, tómese con pinzas, porque mi memoria es ineficaz para capturar todas las esquinas de una escena. La impresión que me infundió la predicación de Zeta –el último hijo, la última letra del abecedario, y sin embargo una letra necesaria para pronunciar la palabra paz, una letra que aparece en el segundo lugar de su verdadero nombre– fue...

¿Cómo?

Un trozo de hielo en una boca ensangrentada. Un alivio íntimo a alguien que se mordió la lengua alguna vez. Así fue como recibí, desnudo de expectativas concisas o exigentes, el mensaje de la noche. Rememoro una canción dulcemente lenta, rememoro la voz de un niño que se paró junto a mí. Recuerdo la fábula del circo, una alegoría de chocolate, la trágica historia de las garrafas abiertas, la motocicleta de Zeta cuyo tanque había dejado de estar vacío en un momento crítico. No en este orden, claro, no en este orden. Es frustrante tratar de explicar a mis lectores que hay un momento en la vida de un hombre que percibe el futuro, el pasado y el presente a un mismo tiempo.

Después o antes de la voz de Zeta, la sangre joven saltó al ritmo de las alabanzas eléctricas.

Es muy difícil explicarte cómo viví eso si no estabas allí. Tenés que vivirlo. Te digo que se puede disfrutar de la existencia humana sin perder una gota de lucidez. No es tan complicado. Dios no es un francotirador con un rifle de alta precisión dispuesto a volarte la tapa de los sesos por un error que cometas. Es una imagen lo suficientemente fuerte, incluso sarcástica, para referirme a un pensamiento equivocado que algunos de nosotros hemos tenido: un Dios cara-de-perro, un cancerbero, un castigador, un azotador de mundos. ¡Ah, sí, eso es lo que dijo Zeta! No con estas palabras rebuscadas, claro. Dios es amor. Amor por amor. Sí, ésa era la expresión. Creo que me estoy acordando un poquito de...

–¿Y para cuándo sería esa vigilia? –le pregunté a Veracruz, casi sin darme cuenta de que estaba en el 322, rumbo a casa.

Y mi mente vuelve a pensar en esa mesa verde donde Andrómeda me derrotó en su juego de golpes oblicuos. La cámara fotográfica de Ivonne mordiéndote los párpados con sus dientes de luz, el escritorio acérrimo a la figura erguida de Zeta que narrada la fábula del circo.

–Me olvidé el celular... –dijo Pax.

¿Dónde estoy ahora? Ah, sí, en la calle. Acabo de salir de la iglesia.

–Contate un chiste... –le digo a Angus en el colectivo.

–...más locura... –me dijo una mujer rubia, antes de irnos.

Bueno, Ivonne, te parecerá loca mi manera de escribir, pero pensemos que así Dios percibe el mundo, con sus azucarados ojitos de amor y de aleph. No hay diferencia entre pasado, presente y futuro; no hay límites entre allá y acá. En algún punto, todo lo que tiene que pasar está sucediendo ahora. Cada instante de amor a la vida nos parece eterno.

Si bajo los párpados un segundo, voy a regresar a la segunda fila del lado B de tu iglesia, Ivonne, escuchando cómo nos das instrucciones para aplaudir a tu señal. Lado A, lado B. Como un cassette.

Y Andrómeda me acaba de ganar en el metegol otra vez.

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