lunes, 27 de julio de 2015

Los nocturnos peligros en el oficio de un domador de ballenas metálicas y el incidente con el hombre de barba negra



–Negro resentido...

–Andá, gato...

¿Quién empieza la pelea? ¿El chofer? ¿El pasajero? ¿Quién cierra la puerta? ¿Quién golpea el cristal? ¿Quién?

Rebobinemos.

–...otag, ádna...

–...oditneser, orgen...

¡Stop!

23:02 hs.

Mi viejo y yo salimos del laburo.

Medianoche.

Mi viejo y yo esperamos el 136 en Liniers.

00:14 hs.

El bondi llega. Hasta acá, todo bien, todo normal. Pagar boleto, elegir un asiento. La cabeza contra el insensato vidrio, la correa del bolso que te recorre la espalda. Y, de pronto, el estallido de ira, un graffitti instantáneo que te quiebra la cara de inquietud.

–Negro resentido...

–Andá, gato...

Un pasajero de barba negra pretendía viajar sin pagar boleto. El chofer procedió según las normas; encabritamiento inmediato del caballero barbudo, que desciende y golpea uno de los costados del transporte con las palmas. Las puertas neumáticas se le cierran en la cara. El colectivo, de un arrancón, se va.

Me parece triste la escena, porque en realidad no se terminó. Porque todas las procesiones van por dentro, y el tipo que está sentado detrás del volante se las tiene que bancar todas la noche entera. Y cuando termine su viaje, empezará otro, y levantará hombres cada vez más violentos en el camino. Y el ciclo de ruedas, de insultos, de apretujamientos, de ebrias amenazas de muerte, de sombras sudorosas que se suben por la puerta trasera se repite. Y la multitud enlatada siempre parece concentrar su odio en el chofer. A él lo crucifican con la mirada, lo escupen con el alma, le dedican feroces baladas escritas oralmente en sublunfardo, le arrojan botellas de cerveza hasta romperle la ventana.

Y de él, de las manos que conducen y los pies que presionan los pedales, depende la vida de los pasajeros durante indeseables horas.

Cabeceo. Duermo. Escucho una canción en inglés mientras sueño. Abro los ojos en Castelar. Todos los hijos de la tierra parecen haber venido a parar al vientre de la ballena de metal que me lleva a casa. ¡Cómo pasa el tiempo!

Mi viaje, mi travesía fantástica rodeada de peligros y de monstruos, se termina en la ruta 200.

Pero, para ellos, los choferes, parece no terminar nunca, ni en espíritu ni en cuerpo, la homérica noche.

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