sábado, 11 de julio de 2015

Punto de partida



El miércoles 1 de febrero de 2012 tuve mi primera clase de taller literario en el Centro Cultural para la Juventud de Merlo. Una lluvia había entrado en mi bolso a través de un bolsillo entreabierto y mojó los bordes de mi cuaderno. Llegué a mitad de una ceremonia que ya había comenzado. Había sólo una chica en el aula; el resto, poetas silenciosos. Al menos, es lo que puedo recordar.

Quiero compartir el primer poema que escribí en aquel espacio donde permanecí durante dos años enteros al pie de cañón. No temo que lo plagien, porque esta pieza en verso es, naturalmente, odiosa y deplorable. Una chorrada típica de adolescente acongojado.


SÉ QUE EXISTO
por Julián Contreras


No invocaré la fatal pregunta.
Voces antiguas han agotado la interrogante.
Voces venideras proseguirán con dicha labor.
No haré lo mismo: mi voz se apaga para quebrar la tradición.

Ciego de certezas sostengo
una gris afirmación en mis labios.
Traicionaré mis pensamientos primitivos,
apuñalo mi razón con el filo de una idea luminosa.

Sé que existo, no lo niego.
Sé que existo, sin culpa lo digo.
Mas he aquí la real cuestión:
sé que existo, pero no cómo existo.

Mi palacio de carne con sus riquezas orgánicas
no sacian mi curiosidad, mi sed de conocimiento.
¿Soy un puñado de masa caminante?
¿O mi naturaleza trasciende las barreras de la sangre y de la muerte?

¿Mi morada es acaso una extensión de mi mente?
¿Mi hermandad es acaso la repetición de mi propia figura?
Seré entonces una conciencia soñadora que fabrica su mundo
con visiones oníricas, mezclando ideas y sensaciones.

O, en dirección opuesta al camino trazado, soy yo el imaginario.
Soy producto, resultado o accidente de una fuerza mayor.
Soy la repetición de un ente que ha existido o existe.
Soy el sueño, la idea, el tormento de una realidad que no puedo tocar.

Los extremos de mi hambriento razonamiento son atroces.
Que yo sueñe el mundo, que el mundo me sueñe,
son hechos sin importancia para mí.
Aún desdibujo filosofías en las penumbras de mi corazón.

Desprestigiando el peso de mis ideas, el asunto no ha variado.
“¿Por qué existo?” preguntó, y la respuesta es un eco muerto.
Intuyo que mi búsqueda es vana y la réplica ansiada jamás será hallada.
No obstante, mi mente agotada me hace reír extasiado, pues...

EL HECHO NO HA VARIADO:
NO SÉ CÓMO, EXISTO.
Y A ESTA ÚLTIMA SEMI-VERDAD ME RESIGNO.
Y A ELLA ME AFERRO, SIN IMPORTAR LA NATURALEZA DEL SER.


Han pasado cinco años, dos meses y diez días desde que lo escribí. Ahora que lo leo, no es tan malo como yo pensaba... hace unos cuarenta segundos. Pero, con la felicidad que experimento en estos tiempos, hay ciertas cosas que no volvería a escribir.

Es raro leerse a uno mismo. Es como verse en una fotografía con un disfraz de cebra y preguntarse: ‘¿Cómo llegué a hacer semejante estupidez?’ En la escritura, cometer estupideces –o escribir estupideces, que es casi lo mismo– es un proceso necesario para alcanzar la literatura que queremos producir.

Debido a circunstancias mayores, me vi obligado a renunciar a aquel taller literario que me vio nacer como escritor. Y sigo escribiendo. Incluso se me ha brindado la oportunidad de presentar lo que hago, y si bien he hallado ciertos puntos de resistencia desde sectores inesperados –en las circunstancias en las que escribo esto, estoy metiéndome en un horno gigante–, el auditorio ha sido benévolo o, por lo menos, piadoso con este poeta de juvenil sangre caliente.

Lo que a mí me importa es esto: compartir historias. Y que las personas, a partir de un pequeño estímulo, empiecen a narrar sus propias historias. Los premios, las condecoraciones, los reconocimientos, vienen después. Si empiezo a escribir por plata, me vendo. Si no escribo o leo un solo día de mi vida, no soy ni lector ni escritor. Así de simple. Estas son las condiciones que yo mismo me impuse para construirme como escritor. Tratar de no pensar en la plata, escribir por placer, y ser constante.

A veces, es difícil.

Pero lo disfruto.

Hoy escribo sin metáforas, sin retóricas, sin disfraces.

Hoy reinicio mi literatura.

Y que sea lo que Dios quiera...

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