domingo, 2 de agosto de 2015

El Árbol de las Mil Ramas Tenebrosas



Del otro lado de la calle, frente a mi casa, crece un árbol cuya sombra derrama miedo en los ojos de quienes lo contemplan detenidamente. El Árbol de las Mil Ramas Tenebrosas. Su siniestra figura se recorta contra el horizonte, como una gran mano que se desprende de las profundidades de la tierra; desprovisto de su herbóreo pelaje, muestra mudo e impune su desnudez ante los hombres. No muchos pájaros dormitan en sus ramas, ninguna bestia deja su rúbrica sobre las duras raíces. Pero, ¿por qué al mirarlo no me embarga el horror sino la pena?

Tan solitaria la torre de madera se yergue sobre una tierra que a veces es barro, abandonada la vegetal criatura como una novia cuyo tul blanco fue desgarrado por el rechazo nupcial. El árbol lleva su luto en el color de su corteza, mordida por los tiempos. ¿Qué invertebrados tejen sus laberintos invisibles entre tus piernas? ¿Qué arañas, qué termitas secretas? ¿Larvas rencorosas de qué especie moran en tu corazón podrido?

La soledad de los árboles no difiere mucho de la soledad de los hombres. La diferencia estriba en el tiempo. En la longevidad de las plantas contra la efímera resistencia de nuestra carne. Me pregunto si los árboles se sienten solos, aunque los rodee un bosque. Misterios inútiles que no me serán revelados.

Si los árboles pudieran hablar, ¿qué historias contarían? ¿Cuántas traiciones, llantos y separaciones presenciar debió el Árbol de las Mil Ramas Tenebrosas para que decidiera adquirir una forma digna de presidir el jardín de las pesadillas?

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