miércoles, 12 de agosto de 2015

Héroes clandestinos, portadas irrisorias, un poema de Borges y de cómo Andrómeda de las sombras surgió



Tengo la absoluta certeza de que uno de los personajes que más han fascinado a mis lectores este año es Andrómeda Torreblanca. No escribo esto para llenarla de gloriosas flores en vano, sino para explicar cómo es que construyo mis personajes cotidianos en este espacio virtual al que llamamos cariñosa y anglosajonamente blog. Si quieren improvisar un recorrido por mis pretéritos textos, les recomiendo la anécdota que se titula La mordedura de Andrómeda. No es sólo caprichos narrativos: allí se condensa y se constituye una visión de la literatura que actualmente creo tener. El acontecimiento que ella detonó sin querer con sus palabras accidentadas marcó un antes y un después en mi manera de pensar lo poético. Ahora, en mis conversaciones literarias, ando con pinzas. No porque tenga miedo de que me fusilen, sino por la simple razón de que no todos tienen la posibilidad de leer... o escribir. Y como los nativos americanos que se cortaban con el filo de las espadas europeas mientras los conquistadores españoles estallaban de risa en sus caras de miedo, hay peatones que se sienten desconcertados cuando caminan por mi vereda de sueños filosos.

Andrómeda me obligó a verme a mí mismo ante un mundo que no lee y que no tiene la más mínima obligación de leer nada. Porque se puede vivir sin leer. Y aunque me duela: se puede ser feliz sin leer. Cada quien tiene su propio concepto de felicidad. Y si la felicidad es ausencia absoluta de bibliotecas para algunos, hay que respetarlos. Siempre en cuando los que opinen de esta forma no ocupen el otro lado del escritorio del poder y autoricen la quema de libros.

Regresando a Andrómeda, uno puede preguntarse de dónde salió y cómo es que progresivamente llegó a ocupar protagonismos estelares en alguna de mis historias. Parece un deus ex machina, una heroína salida de la nada que salva al mundo en el último minuto. Todos los Distintos, ya enumerados en su artículo correspondiente, han sido héroes inesperados para mí. Cada uno me salvó a su manera, sin saberlo, con gestos invisibles y sonrisas regaladas.

Si leen atentamente La mordedura de Andrómeda y otros relatos, entenderán un poquito más cuál es mi concepto personal de salvación. Hay monstruos que moran dentro de nosotros y reciben nombres raros: orgullo, envidia, ambición, delirio de grandeza, obsesión. Y hay agentes del destino que te paran el carro y dicen: ‘Pará, che, la cosa no es tan así.’ Y cuando nos damos cuenta de que metimos la pata en el charco hasta el fondo, retrocedemos y enfilamos hacia el camino pavimentado. Reconocer las imperfecciones de la condición humana y seguir caminando a pesar de todo. Eso es un amigo: alguien que te dice que la estás pifiando mal, y te ahorra muchos dolores de cabeza.

Muchos artículos de Opiniones marginales se centran en estos héroes clandestinos que trabajan en el umbral del anonimato. En cómo estos aventureros confrontan la realidad de todos los días sin capa y sin espada. Caídos del cielo, oriundos de mundos desconocidos, estos personajes irrumpen de repente en la escena para salvarme. Incluso si quedo mal parado en una discusión o si me golean maratónicamente en un juego de metegol. Me salvan.

Mi vida es una línea tensa entre el abismo y el sol. A veces la línea se retuerce sin que nadie lo sepa. A partir de la medianoche tengo veinticuatro horas para cometer todos los crímenes que quiera y no lo hago. Mis objetivos son otros. Pienso en mi familia, pienso en mis amigos. Pienso en todos esos héroes secretos que se ocultan entre nosotros. En estos momentos, un niño, un gato o una mujer que regala flores están luchando contra los demonios. Hay un poema hermosísimo de Borges, Los justos, que encaja a la perfección con lo que escribo en estas líneas. No sé si soy uno de ellos. No me considero un villano arrepentido o un valeroso luchador contra el mal. Soy el columnista del periódico local que quiere estar cerca de los encapuchados y publicar notas exclusivas sobre ellos. Aunque, si lo pienso bien, Clark Kent también era periodista...

Y sí. ¿A quién no le gusta ver a un superhéroe en acción? Yo los veo todos los días. Y siento que formo parte de una liga de justicieros enmascarados tan sólo con verlos.

Si mi vida fuera un cómic, ¿cómo sería la portada?

Yo puedo imaginar la tapa de la edición de la última semana de mayo: Andrómeda sentada en el extremo de una mesa y cruzada de brazos, mientras Veracruz y Roland, uno a cada lado, miran al espectador con una sonrisa inquisitiva.

Y si este artículo tuviera una portada, sería una imagen de perfil de una mujer –la Vida– con los cabellos transformándose en siete franjas de colores; y en cada franja los rostros que habitan mis vigilias. La Familia (naranja), el Trabajo (rojo), la Iglesia (verde), el Taller Literario (amarillo), los Amigos (azul), la Universidad (violeta) y Yo (índigo).

Sería una hermosa portada... si alguien se animara a dibujarla.

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