viernes, 14 de agosto de 2015

Los sanguíneos procedimientos de las plaquetas en caso de imprevistas fugas



Me pinché el dedo, corrió la sangre. No me pregunten cómo. Escozor arterial, zumbido de una yema blanda. Me miro la mano. Una curva roja que me recorre la falange. Grito de madre. Un pañuelo prestado. Me envuelvo la herida. Lívido enrojecimiento de la pieza de tela. Palidez de pómulos. Limpiándome las letras escarlatas con agua caliente. Maldiciéndome sin malas palabras. Qué tonto, qué tonto.

Noche ceremonial de mates tibios y tortas fritas. Un puntito carmesí escrito en el sospechoso extremo de mi dedo mordido. Una estrella rota que sella la ínfima constelación de arteriolas que danzan bajo la rigurosa piel. Esas plaquetas que como obreros coagulan laboriosamente el plasma, solidificándolo hasta la rabia, para prevenir la fuga de glóbulos rojos.

Y así, ese pozo abierto entre las líneas de las huellas dactilares se sella. Y dejo de sangrar.

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