martes, 11 de agosto de 2015

No te coagules, sangre joven



La primera vez que los chicos de la iglesia de Clearwater vinieron a nuestro templo a compartir una reunión de jóvenes, vi cómo celebraban a Cristo saltando y cantando. Realmente lo celebraban. Más que éxtasis, no era una multitud gritando y brincando. Vivían. Eran pedacitos de vida a salvo de las sombras. En medio del sagrado jolgorio, después de una canción, hilvané las palabras sangre joven para definir a toda una generación llena de esperanzas y de sed de revolución.

Yo soy parte de esta sangre joven. Todos lo somos. Y no hay que dejarnos coagular por el desánimo. Argentina no puede caminar con las venas tapadas de miedo.

Pero lo que escribo, párrafos peregrinos, no es para tirarlo al balde de los cristianos y nada más. Ésta es una llamada para todos. No te coagules. Sos sangre joven. ¿Por qué dejar de sonreír?

¿Y de dónde viene tanta alegría? ¿Tanta certidumbre en el casillero de la vida? Para unos o para otros, nuestra existencia es un número sin valor, una flecha sin sentido. Algunos creerán que sí, que soy ciego a las corrupciones políticas, a las especulaciones financieras; en realidad, no se trata de estar ciego, se trata de ver lo que hay del otro lado de la pared.

No hay que aceptar la realidad como un plato de carne podrida que nadie quiere comer y que sin embargo nos tenemos que tragar; entre a la cocina con confianza, mueva cuchillos, despida a los perezosos, contrate, recontrate, lávese las manos, consulte el libro de recetas, apodérese del restaurante de los sueños.

No te coagules, no te congeles, no mueras en el hielo. Muévete, salta, rebélate contra lo real. Lo real no es tan real. Lo real es el envoltorio de lo surreal. Nosotros, los locos, llamamos sobrenatural a lo surreal. A lo que escapa de las explicaciones de la calculadora.

No te coagules, sangre joven. Arriésgate a fluir sobre el filo de los cambios.

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