miércoles, 2 de septiembre de 2015

El laberinto-sueño de hojas de porcelana



Fatigosas y estrambóticas labores que ni Hércules con toda su vigorosa semideidad podría realizar son encomendadas a las criaturas más humildes de la tierra a riesgo de probar la naturaleza de su bondad. Fíjese con cuánta fastuosidad represento mis respetos hacia Veracruz Torreblanca para equipararla con uno de los muchos hijos del vencido Júpiter. Cuando la realidad se traduce como hecatombe griega que se discurre en pantallas de sangre, sudorosos aljófares del monstruo amarillo que preside el trono del periodismo sensacionalista (esto es, las noticias policiales que hielan las venas de Buenos Aires hasta su deprimente devenir como Cocito porteño) desvío la memoria a esta mujer que sigue creyendo en los sueños de esta generación ensangrentada, enternecedora contracara del mundo corrompido.

Estrella Negra y yo fuimos a la casa de Veracruz. Una casa azul que le perteneció a su abuela. Lo primero que admiró mi hermana al entrar fue un sofisticado equipo de gimnasia que parecía irrumpir la armonía de los muros verdes. Sillones anaranjados, una mesa redonda, un televisor, un desfile de fotografías familiares. Tantas veces había visitado este lugar que olvidé la ignorancia de Estrella Negra en estos territorios. Nos entregamos a la gentil comodidad que el espacio ofrecía y de inmediato se dio inicio a la labor de hacer dos mil hojitas de porcelana, de las cuales hicimos 238 en el fatídico lunes.

‘¿Y dónde están las almas?’, preguntaba yo, mientras el hábito de parir venenos de sospecha me corroía la boca mientras miraba cómo Veracruz y Estrella Negra se esmeraban en la industria del follaje artificial. ¿Cómo puede ser que ella se las arregle de esta manera para obtener lo que necesita en un lapso de tiempo tan corto?

Yo mismo presté mis toscas manos para contribuir a tan delicado oficio. No lo hice tan mal. De hecho, Veracruz se asombró de mi capacidad para las manualidades.

Aunque este gancho narrativo parece desviarse de la línea argumental, mi madre tiene un espíritu solidario y ayuda a quienes lo merecen. Y, en ocasiones, a quienes no lo merecen. Porque el mundo parece ser, por momentos, un derroche de puños indiferentes y gestos ingratos; mi madre conoce el desamparo, el abandono y la traición en lo que a relaciones humanas refiere. Me enseñó a creer y a sentir orgullo de quienes, contra toda probabilidad de fracaso, siguen luchando por un objetivo.

Veracruz no es líder de jóvenes de la iglesia a la que concurro porque las autoridades locales la hayan designado como tal. Ella ‘es’ líder, por otras razones. Conoce los riesgos. Ensuciarse las manos, trabajar a la par de los otros, ayudar al prójimo sin esperar nada a cambio. Es su actitud. No juzga a nada y a nadie. Ella acepta el desafío, lo confronta silenciosamente, con la mirada piadosa de quien entiende que no siempre la balanza se inclina a favor de nosotros.

De haber padecido lo mismo que ella, yo estaría resolviendo crucigramas en la celda de una prisión de máxima seguridad por homicidio múltiple. Veracruz es paciente, lo que yo no soy. Pero a los dos nos parece perjudicial para la salud el ejercicio de la violencia libre.

La misma paciencia con la que forja cada hojita de porcelana. La templanza, la perseverancia, la constancia. Nos gastamos mutuamente bromas cada dos o tres minutos, pero hay algo que ella me da que me inspira a seguir creyendo en quienes me rodean e incluso en mí mismo. Confianza. Respeto.

La triste realidad de algunas almas bondadosas es que recorren durante muchos años un bosque de olmos al que no se le pueden pedir peras. El bosque no puede detener un río de sueños. Regar con aguas doradas las raíces de la incredulidad. Reverdecer como la esmeralda que en la oscuridad refulge con la débil luz de una luna menguante. Ésa es la esperanza de Veracruz. Mi esperanza. La de muchos de nosotros que nos rebelamos contra la realidad que el escepticismo intenta imponernos.

Esas preguntas desafiantes que se amontonan en la garganta se ablandan para que yo pueda tragarlas con más facilidad. La hora de las preguntas aún no ha llegado.

–¿Sigo haciendo mates? Si no, me pongo a hacer con ustedes. Así les ayudo un poco –digo.

Mi hermana me enseña la gracia de transformar porcelana en una hoja de dos o tres centímetros. No tardo mucho en asumir un ritmo propio de producción. Los perros viejos pueden aprender trucos nuevos. Eso sí, con mucha paciencia.

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