sábado, 19 de septiembre de 2015

El violento incidente en el Kilómetro 34,5 a medianoche



Antes de llegar a Ciudadela, el tren se detuvo. Un policía recorría los vagones. Las ventanas inundadas de oscuridad. Una prefiguración de lo que acontecería en menos de una hora. La marcha se reanuda pacíficamente.

Merlo. Nocturno mas no funesto. Oscuro como el bolsillo del diablo. De pronto, la figura del obrero irrumpe en las calles. El largo camino a casa. Triste cardumen de peces furiosos. Los colectivos ronronean en las esquinas. El 136 tiene piedad de los últimos hombres que salen de la estación. Espera. Subimos. Arranca.

Casi no advierto al hombre que, no muy lejos de mí, conversa con un pasajero de brazo enyesado. Ambos comparten los mismos rasgos: piel oscura, ojos pequeños, cabellos negros. El más joven lleva una campera de cuero que encendería los ojos de cualquier delincuente. Lo que creo que finalmente sucedió.

–Eh, ¿qué te pasa, gil?

Alguien, un rostro hinchado, escuerzo reventado, ínfulas de chorro carburado por el consumo de cannabis, emergió de su semisiesta y junto con su compinche, dos veces más ancho que Polifemo inflado de etílica hidromiel en Oktoberfest, le propinaban injurias a los viajeros.

El escuerzo reventado se yergue, nadie se lo esperaba, e intenta increpar físicamente al chico de la campera de cuero, que ya se puso nervioso.

El bondi se detiene.

–¿Qué pasa acá? –pregunta el chofer.

–Éte me etá boquiando –dijo Escuerzo.

Lo cierto era que el chico (veinte años, ponele, un poquito más) estaba más mudo que boca de muerto.

–La hago corta. El que hace quilombo, se baja –sentenció el conductor; mirando a la víctima de ojos pequeños, agrega–: Vos, vení conmigo.

El viaje se reanuda. Esta vez, la tensión revuelve el semblante de cada pasajero.

–A ete lo vamo’ a robá –dice Escuerzo a Polifemo, y nadie sabe si lo que dicen es verdad.

El 136 se aproxima al Kilómetro 34,5. Escuerzo se levanta; en vez de salir por la puerta trasera, camina impunemente a la parte delante del colectivo para seguir insultando al muchacho señalado.

Freno brutal. El vehículo se detiene en el abismo.

–¡Ya, bajate!

Se impone la voluntad del Minotauro, Argos de espejos, Can Cerbero de la noche y de los viajes, psicopompos de los de agotadas fuerzas, androesfinge que pregunta si la SUBE tiene carga, Jörmundgander de la carretera, Ratatösk que lleva y trae carne en vez de aire, Níðhöggr sin Yggdrasil, Heimdall que contempla la frontera entre la tierra de los vivientes y su Infierno rodante.

Escuerzo y Polifemo arrugan por dentro, se saben derrotados e idiotas, porque el otros de pueblo argentino contenido en la jaula de los locos tiene ansias de verlos despatarrados en la vereda.

–¡Bájelos, chofer! ¡Dejen de joder! ¡Bajensé!

Los monstruos se resisten al exilio. Voces sin nombre se injertan voluntariamente a la discusión. Los que antes habían optado por la sensata imparcialidad ahora participan del torbellino de trompadas y empujones que estalla a un costado de la lata de sardinas.

El chofer sale (¿o lo sacan?). Dos contra uno. Desventaja fatal. Brazos, manos, codos, se suman al cuadro. Una sirena. La policía.

Escuerzo y Polifemo huyen. Desfachatada cobardía. No sin dificultad la rutina se reconstruye.

Esto no es extraordinario. Ocurre con mucha más frecuencia de lo que pensamos. El chico de la campera de cuero se recluyó en un rincón, temeroso y cabizbajo. No hizo nada. Ni hablar, ni respirar. Ni siquiera contestó a sus agresores. Antes o después de este incidente, junto a las ventanas, dos hombres mordidos por el alcohol se abrazaban para no caer. El conductor los ignoró mientras uno de ellos impactaba su palma izquierda contra la superficie metálica del colectivo. La noche exige a los hijos de los hombres cautela en tiempos adversos.

Las vías se dibujan a la par de la ruta, escandalosamente espléndidas en la oscuridad como una prótesis de titanio atada a un cadáver en descomposición. Progreso y retroceso, restauración y degeneración. Desintegración y recomposición del tejido social. Adelante y atrás, adelante y atrás. La fúnebre cumbia que el espíritu sin destino ejecuta al compás de los motores.

Tal vez los callejones de patrulleros se llenen, y los asaltantes por una vez teman lo que deben temer; tal vez San La Muerte, harta de veneraciones, haga sus maletas y desampare a los hampones; el martillo de Atenea quizás caiga fuerte sobre la cabeza de la patria, como un misil intercontinental, para borrar las mancha de sangre de la argenta novia del cielo.

Ya lo insinúan Marechal y Gaiman. Esta es tierra de dioses. El hombre se enfrenta a ellos todos los días. Los nietos de la violencia tienen los suyos. Sus Martes, sus Thores, sus Huitzilopochtlis y Onuris.

A mí me basta la fe de Jesús, un plato de comida sobre la mesa y llegar a casa con un poco de paz.

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