viernes, 11 de septiembre de 2015

La culpa nuestra de cada día



He estado pensando en todas las cosas que hice bien y todas las cosas que hice mal. Por alguna razón la conciencia se aferra a todas las macanas que me mandé. La memoria es traicionera: te raja la alegría a tijeretazo limpio, echándote en cara todas las lágrimas que dibujaste, todas las infelicidades que tejiste, todas las frustraciones que cosechaste.

Y empezás a pensar si en verdad te merecés ser feliz.

Ese es el verbo que te joroba. Merecer. ¿Me lo merezco? ¿Me merezco todo lo bueno que me está pasando? Es un término que la cosmovisión occidental capitalista aristotélica nos impuso. La ley de contrapaso. Recibís lo que das. ¿Cómo es esa frase de Sartre? Lo importante no es lo que han hecho de nosotros, sino lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros. ¿Qué hice con lo que hicieron de mí? ¿Con las burlas, los menosprecios, los insultos, los desdenes, las indiferencias?

Yo soy lo que quiero que suceda al otro. He gritado, he pateado, he herido, he defraudado, he engañado y he ignorado. He ejercido violencia contra mi prójimo y la sangre que se derrama es la mía. He explotado los sentimientos de almas perdidas, he sido víctima de látigos espirituales. Todos somos víctimas y victimarios, lobos y conejos, sueños y vigilias. No puedo ser absolutamente bueno, ni absolutamente malo. Entre el Cielo y el Infierno, arrojando los dados sobre el vasto tablero del mundo.

Sólo que los dados están cargados. Con nuestras decisiones.

¿Qué es lo que merezco? ¿La guillotina, el rechazo, el resquemor de un amor partido? Algo he aprendido de la historia del Carpintero: él no rechazó la copa de odio que le entregaron. Se la tomó lentamente, sin pensar si se lo merecía o no. Él no merece vivir. ¿Desde cuándo la vida es un objeto que se tiene que merecer? Ya lo dijo Salomón: “Hay justos a quienes sucede como si hicieran obras de impíos, y hay impíos a quienes acontece como si hicieran obras de justos.” El mundo parece ser arbitrario, oblicuo, torcido, vil. Uno se pregunta, al apoyar la cabeza sobre la almohada, a qué lado de la moneda pertenece, para quién está jugando, si somos los buenos o los malos, artistas o dictadores, si destrozamos las reglas que nosotros mismos nos prometimos seguir.

Me pregunto si realmente merezco tu amor, si soy digno de ti, si estoy a la altura de las circunstancias para ser llamado hijo de hombre. Estoy viviendo la vida que no viviste, te la jugaste, te apretaron la piel, te exprimieron gotas de dolor, han reconstruido tu cadáver en los vitrales y las estatuas. Sí, yo creo en Dios, la contestación indiferente, pero cómo soportar ver a tu hijo morir ante una multitud que no hace nada por impedirlo. Estoy a dos mil años de distancia, a kilómetros de Jerusalén. Sin importar cuánto lo piense, los errores que cometí, los errores que los ángeles no ven porque el cuaderno invisible de mi prontuario bestial se ha disuelto en un océano de resurrección, han sido consumados en el tiempo. A quienes ignoré, a quienes lastimé, a quienes odié, a quienes defraudé. No miraste a otro lado mientras lo hacía, mientras cerraba el puño con fuerza cruel. Me miraste, y tu mirada era paciencia pura, sin intransigencias ni remordimientos.

¿Merezco tu amor? ¿Por qué nunca dejaste de amarme? ¿Por qué me perdonaste demasiado?

La noche se llena de preguntas. Las respuestas son las mismas, pero no termino de creerlas. Uno nunca deja de sentirse culpable. Lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos los hombres. Me cuesta arrancarme las espinas del pecho, porque no se las quiero mostrar a nadie. Pero las muestro. Alambre de púas con pedacitos de carne. Tu carne. La carne destazada y estrujada que en las eucaristías deviene en sacramentos comestibles.

¿Te merezco? ¿Merezco la noche, la tinta, el amor, la vida? No se trata de merecerlo, se trata de vivirlo. De vivirte cada día. Dejar caer el cuchillo de la culpa. Que se pierda en el olvido.

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