martes, 8 de septiembre de 2015

La estela de un mundo blanco



La novia de Stephen Morel decorando la torta. Una pieza de repostería blanca, grande, exquisita. Cumpleaños de Samsa. Él sopla las velas dos o tres horas después. Le cantamos en español y en francés. Tomo un pedazo. Mi boca se llena de azúcar. El mundo se vuelve blanco.

Junto a mí, Pax Torreblanca. A mi diestra, Immanuel. Delante de mí, Veracruz y Samsa. No muy lejos, Hebe y Roland. Caravana de rostros familiares. Un escarbadientes. Me lo llevo a la boca, rememorando viejos tiempos. La hijita de Hebe me mira y ríe. Yo río. La astilla de madera que heredé de la picada inicial recorre los extremos de mi sonrisa en un test de Cooper labial. En algún momento de la noche, cae. Me entristezco. Esas tristezas que duran poquísimo, como morderse la lengua en la apoteosis de un almuerzo al aire libre.

Fiesta. Esto es lo que crece en la casa de la familia Morel. Un árbol de luz que echa raíces, que remueve las rutinas de los invitados, que lava maldiciones, que inyecta júbilos, que...

–¡Que los cumplas feliz...! –cantan.

Esas voces que se enroscan con mi voz, esos cuerpos que respiran contra la esquina de los manteles, esos ojos barnizados de colirio que tratan de acostumbrarse a la repentina y débil oscuridad del comedor. Alguien apagó la luz, se incendian las cabezas de las numéricas velas, la cordial sonrisa de Samsa, las anécdotas de Angus que se yuxtaponen con las pausas entre bocado y bocado.

–¡Que los cumplas feliz...!

–¿Y cuándo es tu cumpleaños, Julián? –me preguntan.

Nunca me ha gustado celebrar mi nacimiento. Los cumpleaños me melancolizan, me etilizan, me adoquinan, me corrugan. Samsa, sin embargo, me invitó. He venido. Los poetas pueden salir de su infinito ostracismo de vez en cuando. Es sano, contacto alma-con-alma, vasos burbujeantes, efervescencia de sangre negra, el recorrido de un tenedor sobre el plato, el ritmo de los chistes malos, el rito de las miradas perdidas.

–¡Que los cumplas, Samsa!

El tercer ‘¡Que los cumplas!’. La mente en suspenso, en un vacío de azúcar y de pensamiento, en la semipenumbra, en el semirrecuerdo, el tiempo se desarma y desanda solo. La novia de Stephen Morel decorando la torta, Roland y Hebe sentados uno al lado de otro, Veracruz, Pax, Immanuel, el todo que se mezcla, se comprime, se estruja, una pasta que se reduce a la mínima expresión de un texto.

–¡Que los cumplas feliz!

Y los aplausos. Y las risas. Y se enciende la luz. Y los pedazos de torta. Y el mundo se vuelve blanco. Luego, la oscuridad.

–Saludos a todos –digo.

Estoy delante de mi casa. Pax me ha traído con su coche. Que también es blanco. Meto la llave en la cerradura. Trato de acordarme de algo, en vano. Lo olvido.

Ah, sí. ‘Gracias, Samsa, por invitarme.’ Eso era lo que quería decirle. Pero lo olvido. Mi mente y mi mundo, otra vez, se vuelven blancos.

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