jueves, 3 de septiembre de 2015

La (in)utilidad de los escritores o los entretelones de la literatura

Hace tiempo que quiero escribir sobre el arte de escribir –la redundancia bien lo vale– porque es probable que haya espíritus bondadosos del otro lado de la pantalla que quieren hacer cosas grandes pero que no se animan ante el miedo de ser demasiado transgresores a los ojos de la comunidad. Cuando se presentan ciertas circunstancias, algunos dicen: ‘Bueno, me voy de acá y hago la mía.’ Aunque esta decisión es respetable en lo que respecta a otros casos, a mí, exiliarme del espacio en el que construyo mi literatura no me sirve. Si quiero hacer un concierto en un estadio, no puedo cantar fuera de las instalaciones aunque tenga un micrófono inalámbrico.

En cierta ocasión, Márgara Averbach, en una de sus inolvidables clases de literatura norteamericana, nos recomendó la película Medicine River, basada en la novela homónima de Thomas King. La historia de Will, un exitoso fotógrafo que debido a una serie de circunstancias regresa a su pueblo natal. Un reencuentro con sus raíces y con lo que realmente importa. Un regreso a casa. Algo parecido me pasó este año. Alguien me obligó a ver verdades que estaba olvidando. Me vi forzado a deshacer todo lo que había planeado y a volver a pensar en cómo vivir y cómo recorrer el laberinto de la literatura.

Las obras literarias son fruto de la contemplación de la condición humana. La literatura es obra de hombres y no de dioses. Por otra parte, a los ojos de algunos, la literatura parece ser, como si lo dijera el padre de Willy Wonka, ‘una pérdida de tiempo’. Aunque uno de los aspectos más piadosos de perder el tiempo leyendo libros es que no perdés el tiempo consumiendo paco o degollando niños. La realización de una actividad destruye la posibilidad de realizar otros miles de actos. Si mi oficio es una disciplina inútil –pienso que lo es, enseguida les digo por qué–, intentaré introducir objetos útiles entre lo inútil.

Refiere Arlt en uno de sus artículos lo siguiente: ‘Si usted conociera los entretelones de la literatura, se daría cuenta de que el escritor es un señor que tiene el oficio de escribir, como otro de fabricar casas. Nada más. Lo que lo diferencia del fabricante de casas, es que los libros no son tan útiles como las casas, y después, después que el fabricante de casas no es tan vanidoso como el escritor.’

Este fragmento pertenece a un artículo desafiante titulado La inutilidad de los libros, una joya ilustre entre sus célebres Aguafuertes porteñas. Considero que todo aspirante a escritor debería leerlo antes de pensar siquiera en escribir. Porque nos echa en cara el mito de que el poeta es superior al resto de los mortales. Un mito, una mentira, una ilusión. El hecho de que yo pueda ordenar sustantivos y verbos no significa nada si no pertenezco a una comunidad. Escribir dentro del círculo. No salir de él en búsqueda de fama o poder. Cuando empezamos a negociar nuestra identidad por dinero, prestigio o placer, nuestras obras, artísticas o no, se corrompen. Dibujo espejos en las esquinas de mi corazón para vigilar los monstruos que me muerden la libertad. ‘¿Quién vigila a los vigilantes?’

Cada día es una lucha por regresar a casa. Por no olvidar mis orígenes, quién soy, de dónde vengo, quiénes son mis amigos, quiénes me aman, quiénes me rodean, lo que creo, lo que pienso, lo que amo, lo que soy. Y si a todos los que me rodean los cambio por dólares, si los mato con el olvido y ‘hago plata con los muertos’, como dijo mi viejo, si salgo del círculo, el que está muerto, el que empieza a morir, soy yo.

No quiero morir como alguien que no escribió y no quiero morir como alguien que cambió a Dios por la literatura. Quiero vivir en equilibrio, moderación y templanza. Hacer lo que me gusta sin acercarme a los extremos. Y a mí me cuesta, es difícil. Arrepentirse, perdonarse, caminar, avanzar, reinventarse. Sin lastimar a nadie. ¿Cuesta? Sí, cuesta. ¿Cuesta no querer llevarse el mundo por delante? Sí, cuesta. ¿Cuesta no imponer sus propias ideas? Sí, cuesta. ¿Fallo? Sí, fallo. Por eso es necesario tener un espacio al cual arraigarse. Fijar el escritorio en una plataforma. Y atarme al mástil para resistir los cantos de las sirenas.

El escritor no puede ir por la vida diciendo que tiene razón. De hecho, el hombre, impotente ante su propia ignorancia, escribe para organizar sus pensamientos. Una forma muy elegante de decir que yo soy el mayor de todos los ignorantes.

La tensión se produce cuando no comprendemos que la escritura es una profesión y lo que producimos es ficción. Algunos críticos se van a aferrar a pormenores eventuales para destronarnos del oficio. Esto no me detiene. Nos tiene que importar la cultura que consumimos y la cultura que producimos. Hay que perderle el miedo al lenguaje. Aprender a trabajar con los textos literarios, no como si fueran escrituras sagradas o verdades puras, sino como elaboraciones discursivas estéticas, es el primer paso para fabricar literatura. Porque, que nadie me mire de reojo, ya lo dijo Arlt: ‘Todos nosotros, los que escribimos y firmamos, lo hacemos para ganarnos el puchero. Nada más.’ Somos tejedores de humo, metáfora de Marechal. Pero, si el día de mañana los lectores están dispuestos a pagar por mis letras, no quiero ofrecerles cualquier cosa a cualquier precio.

No quiero ser escritor a cualquier precio. Si para seguir escribiendo sacrifico mi identidad, prefiero dar la espalda a lo que hago antes de dársela a quienes amo.

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